El discurso del outsider que, con más estridencia que convicción, irrumpió en el firmamento político, empieza a desmoronarse por una cantidad de incoherencias que contradicen las ideas mesiánicas que pregona.

Javier Milei dice no creer en la Justicia del Estado, pero cuando le preguntan por la corrupción de Cristina Kirchner se lava las manos y responde que es la Justicia quien debe juzgarla. Dice que "la gente no necesita que nadie la salve", pero se presenta como el salvador al proponer su consigna de "votame y serás libre".
En estos días, se conoció que, lejos de cumplir con su autoproclamada austeridad, viaja, al igual que sus colegas de bloque, con los pasajes de avión asignados al Poder Legislativo que integra, a cuenta y orden de todos los argentinos. "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".
Las voces de la cautela y la mesura aseguran que "de tener poder sería peligroso", tal cual lo advirtió hace unas semanas Martín Lousteau. Peligroso es un calificativo generoso para alguien que promete entrar con una motosierra y empezar a recortar por aquí y por allá, para desarticular el Estado de Bienestar que tanto ha costado conseguir.
Niega el cambio climático, niega los derechos de la mujer y de las minorías, y sentencia que quienes no piensan como él son unos "zurdos de mierda". No parece alguien apto para ejercer la primera magistratura de un país que necesita de liderazgos con cintura política, cordura y flexibilidad para lograr los consensos necesarios para reencaminar el rumbo del país.
Asegura que sus propuestas han sido exitosas en los principales países, pero nada de lo que propone jamás se ha visto ni en Estados Unidos, ni en Gran Bretaña, ni en Japón, ni en Europa, ni en ningún lugar del mundo civilizado. Solo existen en su imaginación. Por ejemplo, asegura que Europa no tiene bancos centrales pero la realidad es que la Unión Europea tiene una autoridad monetaria central que ha sido clave en la recuperación y la transformación económica de países como Irlanda, España, Grecia o Portugal, y que resultó fue fundamental durante los duros meses de la pandemia.
Otro de los principales arietes del economista libertario es la dolarización de la economía. En este caso, si podrían citarse varios ejemplos. Para no irnos tan lejos, en América Latina dolarizaron su economía Ecuador, Panamá y El Salvador. Otros países que dolarizaron la economía fueron Micronesia, Islas Marshall, Palau, Timor Oriental, Zimbabwe, Bonaire, Turcas y Caicos, Islas Vírgenes Británicas, además de algunos “protectorados” norteamericanos o británicos de ultramar, como Guam. Lo que tienen en común estos países es que se tratan, en general, de micro-naciones con economías muy pequeñas y dependientes del sector primario. No es el caso de la Argentina… a menos que esté en sus planes convertir a nuestro país en otro paraíso fiscal donde los únicos beneficiarios serían los banqueros que viven del lavado y la evasión.
Allí donde se aplicó la dolarización, no se registraron cambios sustanciales en la vida económica ni mejoras sostenibles en los índices de calidad de vida, ya que atarse a una economía más grande y más dinámica implica necesariamente alcanzar sus niveles de productividad y competitividad, algo de lo que estamos lejísimos al tener una gran proporción de la población dependiente del empleo estatal o de la ayuda social del Estado.
Y la verdad de las cosas es que Argentina ya probó la dolarización y fracasó miserablemente. La convertibilidad era eso. No es otra cosa que brutal ajuste que no podría ser soportado ni siquiera por los estratos sociales más altos. Los cálculos más generosos ubicarían el tipo de paridad cambiaria en U$d 1 x $ 620 -en valores actuales de hoy-, lo que implicaría que el valor del sueldo de alguien que gana $100.000 pesos sería equivalente a U$D 150.
Para sostener esa paridad fantasiosa, habría que recurrir más frecuentemente al endeudamiento externo, hasta que la burbuja reviente, porque no se alcanza la productividad que respalda la paridad, y se acumula un déficit que termina en estallido… como en el 2001. Ya lo vivimos.
Pero de todas las propuestas estrafalarias del economista libertario está la de terminar con la educación gratuita y reemplazarla por un sistema de vouchers, o vales, para canjear en un nuevo sistema educativo arancelado y excluyente del que quedarían fuera millones de argentinos.
Sería volver a épocas previas a Domingo Faustino Sarmiento donde se padecía de altísimos niveles de analfabetismo y desigualdad. La Educación Pública y Gratuita como política de Estado, y la Reforma y Gratuidad Universitaria, han sacado de la ignorancia a la Argentina y han significado una herramienta de nivelación social ascendente para la consolidación de la clase media y la accesibilidad a la educación para las clases proletarias. Convertirla en un privilegio no solo sería un inimaginable e injustificable retroceso sino que sería devastador.
Otro tanto tiene preparado para la Salud Pública y ya lo ha demostrado, tanto él como sus adláteres en el Congreso, al oponerse al Proyecto de Ley de VIH, Hepatitis Virales, Tuberculosis e Infecciones de Transmisión Sexual –votado casi unánimemente excepto por 8 entre los que estaban los 4 libertarios- que amplía derechos en el marco de un sistema de cobertura universal que es un ejemplo para el mundo.
La definición que tuvo el gobernador de la provincia, Gerardo Morales, al reiterar el rotundo rechazo a sumarlo a las filas de la oposición encolumnadas en Juntos por el Cambio, fue de lo más certera al referirse al presidenciable liberal, que tanto entusiasma a los nostálgicos por el neoliberalismo de los 90: "cuando sea más grande Milei conocerá un barrio pobre, le mirará la cara a algún pobre para comprender por qué hay educación pública, por qué hay salud pública; es una persona que es antidemocrática, lo que quiere es eliminar al Estado; que vaya a recorrer un poco este chico que no sé de qué vive, que no sé qué hace, o cómo ha venido; es un pituco que no conoce lo que es la realidad del país… con esa concepción antidemocrática el radicalismo no tiene nada que hacer".















