Ante todo, quisiéramos comenzar esta columna expresando el profundo pesar que nos causa la pérdida de un colaborador de este medio, como lo fue el licenciado Juan Gilberto Ljumberg.
Hombre de trabajo y de bien, que desinteresadamente compartió con nuestros periodistas sus conocimientos y su expertise para que podamos difundir y reflexionar sobre la realidad económica del país y de nuestra provincia. Alguien que, en un día como hoy, seguramente habría tenido algo que decir, con su usual tono ameno y didáctico, para acercarles a nuestros lectores las complejidades de una ciencia social como la economía.
Este domingo, el Presidente volvió a sorprender con sus estrafalarias definiciones sobre la inflación. En declaraciones televisivas, habló sobre una “inflación autopercibida” y sobre “diablos” que aumentan los precios, en un escenario en el que se proyecta un 55% de incremento como piso para 2022.

Estas aseveraciones nos llenan de incertidumbre sobre el rumbo del país, sobre todo, cuando las pronuncia un gobernante que, a principios de su gestión, se jactaba de presidir “un gobierno de científicos”.
La liviandad del primer mandatario para expresarse sobre un tema tan relevante solo confirma lo que desde hace tiempo venimos advirtiendo en nuestras columnas: no hay un plan anti-inflacionario concreto. No hay nada pensado al respecto, a pesar del tan mentado acuerdo con el FMI, que supuestamente contempla un camino económico para recuperar la normalidad en un país donde vivimos acostumbrado a lo anormal.
No solo la inflación de febrero trajo un dato que superó las expectativas del mercado, con un 4,7% de alza mensual, por encima de las proyecciones oficiales y de analistas privados, sino que ahora se espera un valor incluso más alto para marzo, el mes en el que históricamente “sube todo”.
No solo no hay un plan a largo plazo para combatir la inflación, sino que se niega el problema, tal cual se hizo en el pasado con otras problemáticas como la inseguridad. Todos recordarán cuando se la trataba como una “sensación”.
¿Qué podemos decir de un fenómeno como la inflación, algo que conocemos muy bien, y de primera mano, porque lo hemos vivido y la seguimos padeciendo generaciones de argentinos?
La inflación, más que un demonio imaginario, es un ladrón. Y uno muy real, que está desgastando los cimientos de la estructura social.
Es tan destructiva que, mucho más que una alta presión fiscal, literalmente nos roba el patrimonio. Los $1000 del año pasado no compran la misma cantidad de bienes hoy ni mucho menos servirán para comprar en el próximo año.
A muchos de nosotros se nos ha educado en que el ahorro es una virtud y un hábito de sabiduría. Pero, en estos tiempos, la pregunta que muchos se hacen es: ¿vale la pena ahorrar si la plata va a valer mucho menos en el corto, mediano y largo plazo?
Hoy, pululan personajes que, a pesar de prestigiosas trayectorias como economistas, proponen soluciones casi mágicas, tan absurdas como las definiciones presidenciales de carácter teológico. Como la idea de dinamitar el Banco Central. Y con esto hay que tener mucho cuidado.
Las estadísticas que publica el Banco Central, en función de las consideraciones de distintos actores de la sociedad, ya proyectan para este año una cifra que sería la más alta desde la inflación de 1991: el 55% citado anteriormente. Incluso, muchos creen que el 55% se queda corto y que se superaría el 60% anual.
De cumplirse este pronóstico, y teniendo en cuenta que en 2021 la inflación fue del 50,9%, según el Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC), los precios en la economía argentina se habrán duplicado en apenas dos años.
A esto es a lo que nos enfrentamos y es lo que más nos preocupa como ciudadanos. Porque los sucesivos aumentos salariales que recibimos no son tales, al menos propiamente hablando, sino meras readecuaciones para tratar de mantener un poder adquisitivo que se evapora con los recurrentes ajustes de precios y tarifas de los servicios públicos.
Seriedad y honestidad es a lo que deberíamos aspirar como sociedad y exigirles a nuestros gobernantes, con el diseño y la puesta en marcha de un plan económico que sea sustentable en el tiempo.















