Comenzamos a transitar los primeros días del cuarto y último trimestre del año con alarmantes indicadores de una crisis política, económica y social que sigue agravándose en este año pre-electoral, sin indicios de cordura o de sentido común que tiendan a lograr un panorama más claro y previsible en lo que resta de un mandato presidencial que va a ser recordado como el peor de toda la historia argentina.

La crisis política, tanto en el oficialismo como en la oposición, continúa incrementándose con las duras internas que se vienen dando en ambas veredas de la grieta. Si bien en el sector opositor, dadas las legítimas aspiraciones expresadas por los líderes que han hecho pública su voluntad de ser candidatos presidenciales, es entendible y hasta esperado, en el oficialismo la profundización de las pujas y disputas palaciegas han dejado en evidencia a un gobierno sin liderazgo que transita este último año casi a la deriva.
Este última semana, tras los operativos de desalojo en las zonas de conflicto mapuche, dejó como consecuencia la renuncia de la ministra de Mujeres, Género y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, y con ello se aceleraron las salidas, no menos significativas, que ya habíamos augurado la semana pasada, de Juan Zabaleta y de Claudio Moroni, en las carteras de Desarrollo Social y Trabajo respectivamente.

Más allá de las motivaciones personales que previsiblemente ocasionaron estos portazos, como la conocida postura de quien fuera abogada defensora de Milagro Sala y Facundo Jones Huala, lo cierto es que al gobierno de Alberto Fernández, el "gobierno de científicos", ya no le quedó ni uno solo de los funcionarios originales con los que había comenzado su mandato, si bien algunos analistas cuentan a Sergio Massa como el último albertista.
El ministro de Economía parece seguir condenado al rol de timonel del Titanic puesto que en el gobierno no se resignan a aceptar los reiterados fracasos de recetas y mecanismos que nunca funcionaron, y prácticamente lo obligan a seguir por el derrotero de los desastres y los fiascos.
Mientras se insiste con bonos y refuerzos de ingresos que siguen erosionando las arcas del Estado, nada indica que vaya a tener continuidad el único acierto económico tangible registrado hasta ahora desde el 2019. Y así vemos cómo, a consecuencia del fin del régimen promocional del dólar soja, ha bajado dramáticamente la liquidación de divisas del campo, mientras se mantiene una demanda alta de importaciones para la producción debido a críticos que faltantes que persisten.
Que no se pueda resolver un problema tan básico y elemental da cuenta de la magnitud del desbarajuste que provoca en Argentina ese sistema de cepos, controles y cupos, mientras que en cualquier lugar del mundo se importa y exporta con aranceles razonables y las economías funcionan con normalidad. Pero, como consecuencia de los sesgos ideológicos en los gobiernos de turno, se pretende adaptar la vida económica a este perverso e ineficiente sistema de cepos y controles de cambio, y pasan estas cosas, como desabastecimientos, faltantes críticos, reservas en rojo, y disparadas del dólar, que es el único refugio que han encontrado los que todavía pueden ahorrar.
Gracias al dólar soja se pudo cumplir con las metas del Acuerdo con el FMI, y con la revisión de las pautas del segundo trimestre se aprobó un desembolso de casi U$D 3900 millones de dólares. Pero, en contra de todo lo que indicaría el sentido común, nada indica que se le vaya a dar algún tipo de continuidad, si bien se estuvo hablando de un dólar teconológico para incentivar las exportaciones de software y servicios informáticos.
Frente al panorama inflacionario, otra vez el Gobierno se propone intervenir góndolas, controlando esquemas de precios y forzando un listado con precios máximos o cuidados. Como siempre, el sinsentido de los experimentos argentinos que siempre fracasan no termina de convencer a los burócratas que insisten reiteradamente en golpearse contra la pared. Actuar sobre las consecuencias no tiene mayores resultados sino que, en el largo plazo, se agravan los síntomas y los terminamos sintiendo en un poder adquisitivo que se esfuma de nuestras manos. Para graficarlo en términos numéricos, piénsese que si tenemos una inflación mensual del orden del 7%, ello implica una inflación semanal del 2%.
Para colmo, empezaron a registrarse indicadores alarmantes que ya ocasionan insomnio y algunos ataques de pánico. La Construcción, que era una de las pocas cosas que venían subiendo, empezó a caer. El registro de caída marca un 2,1% con respecto al mes de agosto pasado. Todo indica que esta tendencia bajista se ratificará en este último trimestre. Por otra parte, otra vez la sequía va a complicar bastante a la actividad agroindustrial que vería comprometida entre un 15 y 20% la cosecha de trigo; se calcula más de 130 mil hectáreas de pérdida, lo que podría afectar el ingreso de divisas de la exportación en un 9%, tal como le ocurrió a Mauricio Macri en su momento. Es tan frágil la economía argentina que factores climáticos la terminan afectando gravemente.

Hablando de inflación, Brasil volvió a tener deflación, esta vez en el orden del 1,2%, lo que lleva a preguntarnos una vez más: ¿Qué es lo que por allí están haciendo tan bien, y por aquí tan mal? Y más aún: ¿Qué pasa por la cabeza de los brasileños que están pensando en cambiar al único gobernante en el mundo que ha logrado la deflación?
La crisis política que enfrenta Alberto Fernández también tiene su correlato en el Congreso donde no puede juntar votos y tiene que hacer concesiones para la aprobación de proyectos. Si el tema de eliminar o no las PASO está complicado, mucho más lo está el Presupuesto 2023. Para conseguir 8 votos faltantes para la aprobación, se supo que el Gobierno anduvo ofreciendo algunos incentivos al sector de Juan Grabois. Si bien es lógico que los gobiernos deban negociar en el Congreso para lograr la aprobación de proyectos, tratándose del sector de Grabois no es nada complicado imaginar en qué van a consistir esos incentivos o concesiones que seguramente terminarán afectándonos a todos, agregando más lastre a la economía.
Los incentivos para la creación de empleos privados genuinos, o para aumentar de la productividad, es mala palabra para esta gente a la que solo se le ocurren bonos y refuerzos de ingresos, más impuestos para financiarlos, y la sobrecarga del empleo público o las empresas deficitarias del Estado, como ocurre en Operadora Ferroviaria Argentina S.E, que proyecta pérdidas por 100 mil millones pero que sumará 2000 empleados. Otro agujero fiscal tan significativo como el de Aerolíneas Argentinas. ¿Qué le hace una raya más al tigre?
Por último, pero no menos importante, Argentina sigue dando pasos extravagantes y extraviados en materia de política internacional. En este sentido, se produjo otro papelón diplomático en la OEA, por el voto argentino para echar del organismo a un opositor a Juan Guaidó como representante de Venezuela.
En la ONU, el embajador argentino en China, Sabino Vaca Narvaja, dijo que no vio irregularidades en cuanto al dramático informe de Derechos Humanos elevado por la Michelle Bachelet con respecto a la preocupante situación que vive la comunidad musulmana. Hubo 17 votos a favor de China y 11 abstenciones. Entre los países que apoyaron a China, están Cuba, Venezuela y Bolivia. México y Argentina facilitaron la situación con una funcional abstención. La interna en el oficialista casi termina por comprometer el voto argentino en cuanto a la investigación sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por Rusia en la invasión a Ucrania. Como vemos, Argentina sigue desplegando posturas deplorables al apoyar o facilitar las cosas para regímenes autocráticos que violan los derechos humanos.
















