Por Gabriel Gutiérrez.

Es inocultable el malestar que causa en el establishment el meteórico ascenso al firmamento político que experimenta el economista Javier Milei, a solo seis meses de las pasadas elecciones legislativas.
Dos artículos que aparecieron en el británico The Economist y en el estadounidense Washignton Post parecen haber sido la gota que rebalsó el vaso. Y, como nunca, comenzó una desproporcionada operación en los principales medios, que contó con las más cotizadas plumas y conductores, en la que desesperadamente se intenta bajarle el precio, tratarlo de fascista, asociarlo a la ultraderecha internacional, y cuándo no, sin mucho cuerpo argumentativo, descartar sus propuestas como impracticables o mesiánicas.
Una campaña en la que tuiteros e influencers, tanto oficialistas y opositores, hicieron de las suyas publicando ocurrentes memes y comentarios, caricaturizando, descontextualizando y exagerando palabras o acciones del diputado, que ya largó, muy anticipadamente como otros, su campaña presidencial.
Se hicieron un festín kirchneristas, larretistas y radicales con la aparición de Milei con chaleco antibalas en Mendoza. Siempre recalcando la supuesta violencia del economista, recurriendo a la falacia ad hominem como recurso.
Si bien es cierto que ya hubo efímeros partidos o alianzas que lograron buenos resultados, aun mejores que los de La Libertad Avanza, y luego desaparecieron, o que entre los partidarios y aficionados de Milei se cuentan elementos de la derecha, como por ejemplo los anti-vacunas o los pañuelos celestes, la generalización y el énfasis repetitivo hasta lo cacofónico para explicar el fenómeno resultan sospechosos.

El ascenso de Javier Milei encuentra explicación en que se trata de un referente que parece interpretar el humor social y saber surfear la ola de hartazgo y fastidio de los argentinos con la dirigencia política, que es -hay que decirlo- la que nos ha traído desde 1983 hasta este desastre que vivimos.
La popularidad creciente que experimenta el liberalismo refleja la esperanza de los decepcionados por una política convencional que ha perdido la brújula. No hay que darle tantas vueltas: cada vez más gente piensa que el Estado no solo no resuelve los problemas, sino que multiplica la pobreza y que cada vez le quita más a la población, vía impuestos.
Oposición y oficialismo se han convertido en el statu quo y, en general, sus principales figuras compiten por presentarse como los mejores garantes y custodios de 'papá Estado'. Parecen dos caras de la misma moneda. La irrupción de Javier Milei en el mundo político no divide. Plantea una alternativa al estatismo que militan en las principales fuerzas y será la ciudadanía, cuando ejerza el derecho al sufragio, quien decida.
A las principales figuras, en ambos lados de la grieta, les cayó la ficha y van adaptándose a esta nueva realidad, cada uno de acuerdo a sus intereses y conveniencia. Porque los que no se adaptan, se extinguen.
Cristina Kirchner trata de encausar las aguas para mantener su porción cautiva del electorado y señala con el dedito acusador como nuevos adversarios a los "necios y cínicos" quienes niegan la importancia del Estado o que este deba regir la economía, empujando a quienes piensan de ésta manera hacia una tercera fuerza a la que identifica con el "neoliberalismo". Y lo hace sin ponerse colorada, como todos los que estuvieron con Menem.
Todavía falta un año y meses para las presidenciales del 2023, pero estamos ahí nomás. Una oposición unida sería un golpe letal para el kirchnerismo. Después de todo, los números dicen que en las pasadas elecciones el 70% del electorado votó contra el Gobierno.
Lo único que es realmente funcional al kirchnerismo es la intransigencia contra el diálogo o los acercamientos, la cancelación y la demonización permanente del libertario que algunos profesan. Todo parece indicar el peronismo unido o desunido volverá a perder, pero si la oposición se divide, pierde. Es así de simple.















