Por Gonzalo Pappolla

Yo era gerente de excursiones en una empresa de cruceros turísticos norteamericana. No es un dato para el autobombo sino que acompaña al relato, fuí también el primer argentino (en dicha firma), por cierto-. ¡Perdón! No me aguanté… después de todo sí soy argentino.
Volviendo a lo que nos atañe, estaba siendo mudado de un barco a otro e iba en un vuelo interno en los EE. UU. Éste coincidió con el del plantel profesional del Barcelona F.C. que se dirigía a un juego de exhibición. Si mal no recuerdo fue en el 2009, en un vuelo con escala en Houston; aunque -debo advertir- los marinos, tanto de local como de visitante, solemos con frecuencia ocasional, quizás, tal vez, beber de más, y entonces algunos recuerdos pierden cierto rigor fáctico.

Empero créanme, el acontecimiento es tan real como que Messi es Campeón del Mundo y aclamado por la prensa y las aficiones rivales de Brasil, Inglaterra, Chile, México, y de cuanto enemigo futbolístico quieran buscar; lamento no poder dar más detalles ni del cuándo o el porqué del viaje del Barcelona a tierras estadounidenses.
Pero allí estaba Messi, justo al otro lado de mi asiento. Estábamos divididos por una cortina; era un vuelo sin Primera Clase -creo recordar, o el Barcelona se estaba ahorrando unos pesos- pero la cortina dividía a Business y Economy.
Ahí, el que se supone es hoy -junto a Maradona- el más grande jugador de fútbol de todos los tiempos -al menos para nosotros, los argentinos- estaba en el último asiento de su área y yo en el primero de la mía, con la cortina divisoria abierta. Estaba, como dirían por nuestro norte, ahicito, y sentado sólo.
Había una mujer, muy mayor, sentada a mi lado. Increíblemente también era argentina y, probablemente, la única otra en el vuelo sin contar a Messi. Luego de intercambiar los protocolares saludos de rigor entre viajeros y entre argentinos que se encuentran, ella se levantó y empezó a señalar al elefante en la habitación… mejor dicho en el avión.
Estiraba el brazo, como marcándome un penal, pidiéndome que vaya a definir; y su voz era aguda como la del silbato arbitral. –“¡Andá! ¡Conseguí un autógrafo! ¡Es Messi!”, demandaba.
Bajé la cabeza para atarme el calzado, pero no porque iba a haber definición desde los 12 pasos para mí; sólo buscaba esconderme. Le respondí presuroso, lo más cortésmente, que no iba a hacerlo. Ella, evidentemente, tenía bastante más cancha que yo y, por lo visto, un temple de hierro y una coraza frente al ridículo. “Que patee ella el penal si así lo deseaba”, pensé.
Aunque me leyó bien, entendía qué estaba en juego y realmente quería hacerlo: molestar a Messi. Estaba paralizado por la emoción, pero estaba acostumbrado -no sé si para bien o para mal- a no jugar con los famosos. Mis trabajos así lo habían requerido y siempre fui medio bobo para gambetear la vergüenza de pedir autógrafos o fotos a estos desconocidos tan conocidos.
En los barcos, cuando era recepcionista en un hotel en Jujuy, y también en mi tiempo como periodista, conocí a muchos personajes famosos nacionales y algunos internacionales. Cantidad de futbolistas, políticos, actores, etc. Algunos súper simpáticos y otros desagradables (o algunos teniendo un buen día y otros uno malo). Nunca, jamás, metí una diagonal para pedirles, de improviso, una foto o un autógrafo; nada. Estaba trabajando y me parecía que era poco profesional y también, como dije, me hacía sentir un poco incómodo; me ponía mucho la camiseta. Me arrepiento un poco de esto; un poco nomás, como se debe arrepentir Pekerman de sacar a Riquelme en el 2006, o como Palacios por no tirarla por abajo en la final del 2014.
Volviendo a Messi, la señora aceptó a regañadientes que yo no iba a importunar a quien ya era considerado el mejor jugador del mundo, y que me iba a quedar en el banco, a pesar de que él estaba al alcance de mi mano y de que era mi ídolo. Ella fue tan clara en expresar mi necedad en mi negativa a subirme los cortos que me dio un puntano bien al borde de la amarilla (al menos en lo que a relaciones interpersonales con anónimos se refiere).
Despegamos, se acabó la cháchara y volvimos a modo avión, cada cual en la suya. En un momento me puse de pie para recoger mi computadora portátil. Y esta anciana en su desfachatez, quizás debido a su edad o quizás fue siempre así; simplemente me cuerpeó gritando –“¡Messi! -¡Messi!”.
Di un pisotón delante de él y él se volvió por los gritos. Me saludó –“eh, hola, ¿qué hacés?” de una manera tímida pero amable, como si fuéramos conocidos del barrio. Le dije -perdón, la señora simpática aquella me empujó (creo que Messi ya nos había escuchado hablar desde hacía bastante antes).
Y los dos nos quedamos quietos, en pausa, como sin saber el próximo paso a dar. Yo estaba como cuando Argentina 2 Holanda 2, o como cuando Mbappé metió el tercero igualando las cosas otra vez. Así de perplejo estaba. Entonces él tomó la iniciativa y me sugirió la posibilidad de un golazo: -“¿querés que te firme algo?”
Yo tenía un libro en la mano. Estaba leyendo una novela que en realidad era una especie de comedia detectivesca sobre ‘El Flaco’, no Spinetta sino Stan Laurel del famoso show ‘El Gordo y El Flaco’, quien -en la ficción- contrata a un renombrado detective ficticio para averiguar por qué él, tan célebre, ha sido olvidado por todos. Una entretenida novela escrita por Osvaldo Soriano, cuyo título hace pensar más en una guía para suicidas potenciales que en una comedia: “Triste, Solitario y Final”.

Messi vio el título del libro y pum, pinchazo en el muslo; podía leer en su cara “esto no es lo más feliz para firmar”… y eso que probablemente no sabía que la trama era la de un famoso caído en desgracia.
Le expliqué, con cierta vergüenza -y sin necesidad alguna para ser honestos-, que era una especie de libro de comedia detectivesca, con el famoso actor estadounidense como protagonista. –“Nada raro”, aclaré sacándome la marca de encima.
Pero sigamos con Messi. Él ya estaba en el final del partido y yo le explicaba el por qué quería jugar, sin siquiera yo enterarme que el partido había empezado y, o entraba en cancha o lo perdía (y no me salvaban ni los 10 min de prórroga que salvaron a, -ok seamos políticamente correctos-, a Países Bajos, alias Holanda).
Messi sonrió y atacamos la primera página, arrancándola. El capitán se tomó el trabajo de buscarme una birome, porque yo no podía encontrar una (quizás hasta tenía una en la mano pero estaba como si hubiese tomado del Bidón de Branco), y firmó sonriente.
¡Gol! ¡Campeón del mundo! ¡Tenía autógrafo!

Honestamente, Lionel Messi fue muy agradable. Hecha la rúbrica, me preguntó: “¿está todo bien?”, quizás como sugiriéndome, si quería una dedicatoria o una foto, o quizás fue simplemente un cortés “ya firmé, ya podés desaparecer”
Después de todo, ésa entidad existe para que un pata dura como yo lo admire desde muy lejos. De otro modo, ¿quién sabe si el continuo tiempo espacio, la realidad misma, podría empezar a romperse, como en una de cada tres películas de Marvel, o si pasaba más tiempo en ese limbo y el Diego dejaba de ser y me despertaba en la isla de la serie Lost?
Ese es Messi; al que ves bien si tenés televisión satelital, pero no charlás con él, cuasi en privado, con la tranquilidad y tiempo que uno quiera, mientras él te busca una birome… y con toda la onda.
Realmente me hizo sentir muy cómodo; fue cálido. Más teniendo en cuenta que probablemente la gente lo acosaba –y lo sigue haciendo- las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Otra de las razones por las que siempre me inquietó la idea de abordar a famosos: por ellos, sus vidas y por respeto a esos pocos momentos de privacidad que les dejamos.
Estoy realmente agradecido con Lionel Messi. Somos campeones del mundo y no podría estar más contento por él y por nosotros. Puedo decir que siempre estuve entre los que nunca lo defenestraron (no sé si haber tenido una imagen positiva personal de él influenció, aunque no lo creo).
Él -al igual que el Diego- representa para mí mucho más que lindo fútbol. Él me hace recordar a mi padre, me hace abrazar a mis hermanos, tendré la oportunidad de hablarle de él a mi hijo y mantiene a infinidad de colegas de distintos países en contacto conmigo, que me asocian a él, por el simple hecho de haber nacido en su misma tierra.
Así y todo, luego de tan cursi y exagerada historia de un autógrafo, resta decir que a quién no podré olvidar, es a esa terrenal y desconocida señora que con ímpetu jocoso se arriesgó a pasar un momento incómodo para hacer feliz a un desconocido. Insisto, no voy a ser meloso, no voy a romantizar la falta evidente, merecedora de tarjeta roja que me hizo. Pero sería una traición al honor no reconocer que en un segundo, ella fue mi guía espiritual y una técnica deportiva digna de formar parte del cuerpo técnico de Scaloni, una psicóloga capaz de ganarle el puesto al psicólogo del Dibu Martínez. No quiso ver a un joven idiota desperdiciar una oportunidad única. Ella, genia total, me consiguió la firma de quien es probablemente el GOAT –Greatest Of All Times, el más grande de todos los tiempos, en criollo-.
En el próximo capítulo de historias reales que parecen ficticias sobre autógrafos de fútbol, ´Como mi madre me borro las firmas de Bianchi y de Palermo poniéndome a lavar la camiseta de Boca.
















