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Nadando cerca del cielo

19/05/2022
in ACTUALIDAD, COLUMNISTAS, OPINIÓN
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Crónica de una travesía de natación en el lago Titicaca, espejo de agua que se posa en la cordillera de Los Andes, a 4000 metros sobre el nivel del mar. Una aventura más que especial. 

Por Diego Granda

Todavía no nos fuimos, pero yo ya siento que será una aventura espectacular. Somos un puñado de gente loca, un poco rotos -como todos-, buscando una señal, una respuesta, que nos reconfirme vivos. Todos amamos el agua, nos une esa pasión. La pasión por el agua y también por la vida. 

Son las siete de la tarde y veinte minutos del martes tres de mayo de 2022. Estamos en Ciudad de Nieva, San Salvador de Jujuy. Acabamos de despedir a Luchito y Carlita, que amablemente nos trajeron turrones y caramelos, y algunas cosas más, para que el viaje fuera más ameno.
 
José es un león: nos enseñó a todos que los límites y los miedos solo viven en nuestra mente; después, él, y todos, entenderemos que en la naturaleza también hay límites. Sí que lo entenderemos. José se traerá ese aprendizaje al regreso. Pero todavía no lo sabe. Por José es que estamos acá.

Por José y Albita, en verdad. Albita es una reina, nos banca en todas y tiene un corazón de oro. Con ella podemos hablar horas y horas sobre el tema que se nos ocurra y tiene el magnífico don de que junto a ella los juicios desaparecen. Arrancamos esta odisea sabiendo que será larga, pero divertida.

Atrás, en la camioneta, estamos sentados nosotros tres. Sil va sentada al medio, siempre cediendo dulcemente para que todos estemos a gusto –esa noche terminaremos hablando de astrología y descubriremos que, claro, es una geminiana con luna en libra-. Sil es un verdadero ángel, días después demostrará también ser una guerrera (termina saliendo campeona, sí, campeona, pero todavía no lo sabe). A su izquierda va sentada la Guille, una escorpiana de valores inquebrantables y unas ganas inigualables de transmutarse con el agua. Lo va a conseguir, pero no lo sabe todavía.
 
Guille documenta todo, filma y saca fotos de cada detalle. Quiere guardar cada instante de este viaje que nos cambiará para siempre. Ella se viene preparando hace mucho tiempo para hacer esto. Terminaremos agradeciéndoselo. Y Guille terminará también agradeciéndole al sol. Bueno, todos.
 
A la derecha voy yo. Me siento endeble, algo nervioso, tan ansioso como feliz. Me desborda un deseo ultra poderoso por vivir esta experiencia. Creo que a todos nos abunda la dicha. En la camioneta yo respiro un aire familiar. Es que este grupo parece una hermandad: ya compartimos viajes, habitaciones, alegrías, enojos. Y otras cosas que no se pueden contar. 

En los últimos meses, cruzamos juntos varios ojos de agua del norte argentino: La Ciénaga, Las Maderas, Campo Alegre, El Cadillal, El Frontal, el de Catamarca que no me acuerdo bien cómo se llama. Venimos haciendo muchas cosas juntos. Y se nota. 
 
Algunas semanas atrás entrenamos en las lagunas de Yala. Esa aguas están a 18 grados y nos costó muchísimo soportar la temperatura. Luego de este largo, pero entretenido viaje, arribaremos en el mítico y sagrado Titicaca. Sabemos que esas aguas están a menos de 13 grados, y nadie lo dice pero todos sentimos un poco de temor. 

Nada importa. Seguimos viaje. Entre mates y chistes pasamos Tupiza, sus llanuras; Potosí con sus potosinas de polleras cortas y altos sombreros; Oruro, con su cispancho y bares con smog; El Alto, caótico; Copacabana, con sus truchas y peluquerías; y varias horas después, varias sorochipil y pastillas de ajo después, respiramos el noble aire del lado sureste del lago navegable más alto del mundo. 

¡Estamos en el Titicaca! Sobran teorías y leyendas sobre este espejo de agua que se posa en la cordillera de Los Andes, a 4000 metros sobre el nivel del mar, que lo convierten en un lugar cada vez más especial. 
 
Llegamos al lugar y en la camioneta sobrevuela un clima de muchísima emoción. Yo manejo, las chicas van atrás. Las chicas lloran. De fondo suena "La oración del remanso", de Fandermole. Nosotros nos emocionamos, aunque sin que se note tanto. Pienso en la palabra mansedumbre. Hace tiempo se me viene esa palabra a la cabeza. La acepto y me dejo llevar.
 
Arribamos a destino, y faltan horas para nuestra gran hazaña
. Después de varias idas y vueltas, nos levantamos en una cabaña del lado sur de esta paradisíaca isla. Parece el edén. Hay quienes dicen que fue habitada incluso por civilizaciones anteriores a las de Imperio Inca. Los aymara nos reciben con una ternura contenedora, abrazadora.

Marisa y Diego nos preparan un desayuno de campeones. Será un gran día. Para no estropearlo, decido no mezclar yogurt con café. Fui el único que tomó mate y las chicas ni siquiera eso. También fui el único que meditó. Debo ser el único que tiene tiempo.
 
Guille está alterada. Con su timbre de voz rioplatense nos lo hace saber. Se hace tarde. Nosotros, los luna en libra (Sil y yo), parecemos más relajados. Pero la procesión va por dentro. Yo reconozco en Sil una peregrina. Yo siempre me sentí un peregrino. Siempre peregrino algo. Hoy no se bien qué. Voy a tirarme al agua buscando algo; todavía no entiendo bien qué. Me dejo manso. O me hago el bobo, ya no sé.

La largada es accidentada. Nos falta todo a último momento. Todos corren. Hay nerviosismo. Hay ansiedad. Por fortuna también hay sol. El agua es tan sagrada como helada. Todo es tan improvisado que un extraño termina poniéndoles los tapones en las orejas a las chicas. El extraño luego se confundirá. Yo me siento celoso pero Guille ya me aclaró que somos amigos. Albita corre. También grita.

José está desorientado. Un boliviano entrevista a José. José responde sin pensar. Yo me meto en la entrevista, pero resulta atolondrado. La Sil me presta antifog para las antiparras, pero a los segundos pierdo las antiparras. La Guille no para de mirar a un español gigante. Me comparo con el español. Después me acuerdo que el psicólogo me dijo que deje de compararme. Siento culpa.

Se me pasa. Albita vuelve a gritar. Algo busca. Algo guarda. Albita siempre no está ayudando. Sil está callada pero su cara es pálida. Reina el caos. Mis papás, que están en la isla, no aparecen en la competencia. Pienso si seguirán vivos. Reina la ansiedad. Reina la locura. Me llaman de la lancha. Voy, vuelvo. Me olvide algo. Corro. Todos corren. Todos gritan. Se acaba el tiempo. Suena el silbato. Comienza el cruce.
 
…
 
Soy el único de los cuatro jujeños que nada en posta. Hace años ya dejé de competir. Antes me moría por ser el primero, ahora busco disfrutar. Y disfrutar es mucho más difícil que ganar, ¿no?
 
Largó la competencia y desde mi balsa los veo a todos patalear y avanzar a todo motor
. Yo agito una bandera argentina que le robe a mi sobrino y la traje hasta aquí esperando que mis compatriotas me reconozcan. Hay tantos nadadores que resulta imposible diferenciarlos. Ellos tampoco me ven a mi.

Si la situación se viera desde el cielo y la imagen fuera un lienzo, verían un montón de puntitos, cada uno con una lanchita triangular al lado, dentro de un azul celestial y profundo, que se mueven de a poquito y juntos arman una danza de sincronización perfecta.

Y si la situación se viera desde un primerísimo primer plano, son decenas de rostros pálidos, asustados, lentos, arrepentidos quizás, que están a punto de morir para renacer. Pero aún no lo saben. Vamos a renacer pero todavía no lo sabemos.

Afortunadamente mi equipo me hace sentir a gusto. Oscar, Tere y Carmencita son tres paceños humildes y generosos. Yo ya los quería desde antes de conocerlos. Tere armó un grupo de WhatsApp unas semanas antes y venimos hablando. En mi equipo también está Álvaro, un aymara oriundo de la Isla de la Luna que se jacta de conocer el lago y sus corrientes ventosas como la palma de su mano.

Todo el tiempo nos lleva hacia la derecha. “Yo conozco la corriente”, dice. “Aquí es donde todos se equivocan”. Yo, manso, me dejó llevar. También pienso en lo dichoso que fue de nacer en este lugar.
 
Los del equipo nos dividiremos la distancia en cuatro. Yo, por ser argentino y venir desde lejos, seré el que más nade y cerraré la posta. Los paceños son buenos anfitriones. Me insisten en que así sea. Son trece equipos inscriptos y el nuestro quiere ganar. 
 
Nada Tere, luego Oscar, luego Carmen y siendo cerca de la una de la tarde quedan seis minutos para que sea mi turno de tirarme al agua.
 
Tengo taquicardia.
Tengo miedo.
Estoy arrepentido.
Me quiero volver.
 
Me quejo pero para adentro porque los bolivianos son tan educados que me da vergüenza decir lo que estoy sintiendo. Trato de ser manso. Me cuesta. Meto los pies y el agua está congelada. Maldigo a mi madre, a mi padre, a mi abuelo. Vuelvo a maldecirme a mí mismo. El estrés me supera. Pero vuelvo a dejarme llevar. Y me tiro. 
 

…
 
Me tiré. Estoy flotando boca arriba en el lago más alto y frío del planeta, mientras cuatro personas me gritan y dan aliento y me gustaría decirles gracias pero no puedo mover la comisura de mis labios. No me quiero mover. Y los minutos pasan. Y el cuerpo se enfría más y más. 
 
Leí en internet que si me hago pis encima, el pis quedará alojado entre mi cuerpo y el traje de neoprene y me calentará. Precavido, calculé todo y tomé un litro de agua cuarenta minutos atrás. Sin preámbulos, ejecuto mi estrategia. En criollo: me meo encima. Haciendo fuerza. Siento el gozo por unos instantes. Siento calor. Siento alivio. Pero se baja. En cuestión de segundos hasta el pis se congela.  

Respiro, congelado. Me doy cuenta de que me tengo que entregar.  El corazón se me sale por la boca. Pienso en abandonar.
 
La magia comenzará a suceder segundos después. Pero primero me imagino los peores monstros acuáticos viniendo a tirarme de los pies. Me imagino que me agarra un paro. Me imagino remolinos, apocalipsis. Me imagino lo peor. Pero todo está en mi cabeza.

Como siempre. Como siempre que arruino algo. Entonces comienzo a darme aliento a mí mismo. “A esto lo voy a disfrutar”, me digo. No me voy a auto boicotear esta vez. No más auto flagelo. Empiezo a moverme, de a poco, me saco los guantes que minutos antes me prestó Oscar. Siento que puedo solo. Empiezo a poder. 

…

Puedo. Veo los rayos del sol cayendo sobre la profundidad. Son 350 metros de una profundidad azul verdosa, imponente y bella.
 
Braseo para un lado, para el otro, de fondo la Cordillera Real andina teñida de blanco, toda nevada, es un bálsamo a la vista. De fondo también ese cielo azul que solo se ve en los Andes. Siento dicha. Es un cuadro. Me siento vivo. Me siento pleno y braseo y braseo y pataleo y pataleo y el agua y yo ya somos lo mismo. 
 
Empiezo a vivir el presente. Hay magia. Hay vida. Habito mi cuerpo.
 
Estoy atravesando con la sinergia de mi propio motor el mismísimo lago Titicaca y me está gustando. Se me sale el corazón por la altura -4.000 metros sobre el nivel del mar- pero puedo soportarlo. Cada vez que lo siento, me freno, y me repito que no voy a competir. Me cuesta no querer ganar, pero me esfuerzo. Voy despacio. Y disfruto. Y vuelvo al presente.
 
Tomo agua del lago. Es sutilmente salada. No hay explicación sobre eso. No todo tiene una explicación, pensaré después. Este es un lugar que trasciende la conciencia humana. Y así se pasan brazadas y brazadas. Minutos y minutos. Una hora. 
 
“No te queda nada, Diego, adelante”. Es la voz de Teresa, mi nueva amiga paceña, parte de mi equipo, una mujer bondadosa y enérgica, que supo alentarnos a todos mientras nos tocó nadar. No me olvido más en mi vida de esa frase. Levanto la cabeza y a unos 20 metros veo la llegada. Es un cartel amarillo, con una especie de triángulo que te lleva a terminar. No hay margen de error.
 
Me preparo. Comienzo a patalear con toda la energía que me queda, ya nadé una hora, y en esos 20 últimos metros nada malo puede pasar. Pero se me vienen al consciente recuerdos que llevaba en lo más profundo de mi memoria: el momento en el que aprendí a nadar, y cuándo desperté mi pasión por este deporte.

Pienso en todo lo que me dio este deporte. Cuando me enseñaron a nadar en el Aeroclub de mi ciudad natal, después cuando viajaba a los argentinos, cuando me metí en el equipo de la universidad. En cómo me acompañó en los momentos más difíciles. En los amigos que me dio. En distintas etapas. En todo lo que me enseño. Pienso de todo en muy pocos segundos.

En fin: una epifanía. Y lloro. Lloro mientras nado. Nunca me había pasado algo así. 
 
Y cuando cruzo la meta: mis papás. Ellos habían viajado a acompañarnos en esta hazaña, me aplauden desde un barco que momentos antes alquilaron para ir hasta el otro lado de la isla para vernos llegar. Me siento completamente feliz. Y agradecido. 
 
Pero no puedo parar de llorar. No quiero subirme al barco porque no voy a poder seguir llorando. Nunca lloro y no sé cómo se hace. Soy un nene. Un nene de noventa y cinco kilos y un metro ochenta y cuatro. Todavía no sé si el resto logró llegar. Yo soy el único que hizo el cruce en posta y pienso que el resto aún debe estar más atrás. 
 
Pero levanto la mirada y está la Sil sentada en medio de su lancha. La arropan con una manta y una mujer le agarra la espalda. Yo, que intentaba dejar de llorar para poder subir a la lancha madre, me emociono más. Lloro más. Cada vez es peor. O mejor, ya no sé.
 
“¡¡¡Moli!!!”, le grito, y un simple contacto visual alcanza para entender todo. Me sorprende el color de su rostro. Está morada. Es como un mapache pero el antifaz es morado. Su cara está congelada. Yo debo estar igual, pero por suerte no hay espejo. 
 
Esta vez no importa quién gano, quién llegó, las preguntas son otras: preguntamos por las sensaciones, por las emociones, por los sentidos.
 
De todas formas y a último momento, llega la Guille. Está feliz. Está entera. Emocionadísima también. Minutos después veremos a José. Después abrazaré a mis viejos, y a Albita. Después. Habrá varios después.

Ya quiero que pasen 365 días para volver a subirme a esa misma camioneta, volver a viajar hasta ese mismo lago, volver a escuchar esa misma canción, volver a alojarme en esa misma cabaña, y volver a tirarme en esa misma agua, del poderoso lago Titicaca. Y espero que para el año seamos muchos más.

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