Por Pedro Besin
Perón un hombre para recordar. El Justicialismo una ideología para estructurar la República.
Por lo menos, en lo que va del Siglo, ningún ciudadano argentino ha concebido tanta adhesión.
Ninguno, tampoco, alcanzó a enraizarse tan hondamente en la historia contemporánea: su fama, su prestigio y su popularidad trascendieron las fronteras, y su imagen se erigió en uno de los pocos símbolos del moderno conductor de masas.. Pero Juan Domingo Perón era más que eso: carismático y brillante; su verdadera fuerza radicaba en la fe que inspiraba a su Pueblo, sentimiento puesto a dura prueba durante sus 18 años de exilio y que millones de argentinos no dudaron en retribuirle.
Su regreso definitivo al país, el 11 de noviembre de 1972, constituye un hito político solo empequeñecido por la sobrecogedora exteriorización de congoja que provocó su muerte, el 1° de julio de 1974. En Argentina, ni sus más enconados adversarios –que no los tenía últimamente- pudieron sustraerse al reconocimiento de sus enormes virtudes para templar los ánimos hacia un destino de grandeza nacional.
Fenómeno único, incomparable, Perón fue y seguirá siendo un fundamental punto de referencia para interpretar la realidad argentina y latinoamericana; su filosofía precursora de un movimiento de expansión en todo el Mundo mereció, y seguirá mereciendo, el análisis (apasionado y no siempre objetivo) de un proceso que eclosionó el 17 de octubre de 1945 en Plaza de Mayo, y que, desde entonces, logró las mayores reivindicaciones populares.
El estado de cosas que había vivido el País daba la sensación de que todo estaba podrido en Argentina. Donde se apretaba el absceso, allí saltaba el pus. En realidad no era así. Era la crisis de una clase dirigente que ya no respondía a las expectativas populares y que carecía de aptitud e imaginación para entender los tiempos nuevos. Pero debajo de ése escenario latían las reservas morales de un país pujante que quería abrirse sin encontrar todavía forma de hacerse presente, hasta que Perón, interpretando la hora, toma las banderas del Pueblo, y éste le responde con el estruendoso triunfo de febrero de 1946.
Hasta entonces –como hoy- había ido perdiendo sus motivaciones más estimulantes y, como hoy también, una sensación de fracaso acongojaba a los círculos oficiales y al País real. Perón fue entonces el verbo de una evolución indetenible, que en ése momento estaba acelerada por especiales condiciones nacionales e internacionales. Estaba en los designios profundos de la época, como hoy también, para los argentinos. Estaba en la naturaleza de las cosas y su calendario estaba marcado por una progresiva madurez del País, como también ocurre hoy.















