
Promedia el mes de agosto y a contrario de la “sensación de estabilidad” que aseguran sentir en el Gobierno Nacional lo cierto es que el cuadro general del país, que ya venía con una política y una economía en situaciones lastimosamente desastrosas, se agrava conforme van pasando los días sin producirse las necesarias definiciones en materia económica que se esperaban con la llegada de Sergio Massa al Ministerio de Economía, incorporación que no genera la confianza que un esforzado marketing político trató de transmitir, sin éxito.
Mucho se habló de la poca fiabilidad o credibilidad del nuevo ministro. Abundaron bastantes, en la semana que pasó, artículos periodísticos, comentarios editoriales, y posteos de redes sociales recordando las insólitas mutaciones políticas que ha encarnado hasta ahora el nuevo ministro de Economía que le han ganado epítetos irreproducibles entre los que “ventajita” y “panqueque” son de lo más presentable. La propia Cristina Kirchner lo señaló alguna vez de “narcotraficante”, según trascendió en aquellas memorables y cómicas conversaciones telefónicas entre la vicepresidente y su edecán, Oscar Parrilli.
La llegada de Massa al gabinete también tuvo su correlato en una oposición donde algunos se apresuran a enviar el saco de massista a la tintorería, porque a pesar de todo si bien ahora no tiene la lapicera pero es el que firma los cheques, mientras, otros pegan golpes sobre la mesa, exigiendo decencia y manos limpias.

No son buenas señales. A pesar de los datos económicos dramáticos, los números de la inflación y el alarmante nivel de las inexistentes reservas, mientras el presidente, Alberto Fernández, y su vocera, Gabriela Ceruti, pronuncian disparates increíbles que hacen dudar de sus estados de salud mental, el flamante ministro de Economía aún no ha presentado un plan articulado que contemple, por lo menos, los aspectos más centrales de la vida económica argentina ni cómo se pretende resolver la crisis.
Solo se advierten algunas maniobras financieras para parchar pinchaduras, y las acostumbrados delirios ideológicos y expresiones negacionistas, que denotan que hay mayor preocupación por enviar señales hacia los propios para asegurarles que “la de ellos está” que en hacer algo para salir del atolladero. Si hay algo que persigue a Sergio Massa, y a su gabinete, es el tiempo… más bien, la falta de tiempo debido a lo poco que queda para que inicie el año electoral. Sin embargo, hasta ahora se comportan como si se tratara de un gobierno que recién comienza con cuatro años por delante.
Fiel al estilo kirchnerista, a lo Moreno o a lo Kicillof, pareciera que Massa quiere resolver la economía sector por sector. De la tan anunciada reunión del equipo económico con la Mesa de Enlace no salió nada en limpio y habrá que esperar otros 10 días para un nuevo cónclave. Los productores fueron unánimes en reconocer que apenas pudieron plantear sus necesidades y dudas, pero salieron con las manos vacías.
De la otra reunión con empresarios, industriales y sindicalistas para acordar precios y salarios por los próximos 60 días, anunciada a principios de la semana por el Presidente, no se supo mayores detalles como ser que ni los propios involucrados se enteraron de la supuesta convocatoria. Todo quedó en la nada, por ahora, lo que pone de manifiesto que en materia de procrastinación e improvisación tampoco hubo avances significativos.
Esto nos lleva a otro de los asuntos relevantes desatendidos que indefectiblemente tendrá impacto en cuanto a la inflación. Sin un avance expedito con el sector agropecuario ni con otros sectores exportadores, está en duda de dónde saldrán los más de 5.000 millones de dólares que contaban ingresar a las desahuciadas reservas.
En épocas normales y racionales, esa sería, más o menos, la suma que estacionalmente debería estar ingresando a las arcas. Pero con el siniestro esquema de control de cambios, cupos y cepos, va a ser difícil convencer a los productores que se deshagan del grano, que es su moneda de cambio, para que pongan el dinero en el banco, con lo que esto significa en Argentina. Ello explica, en alguna medida, la sangría de depósitos bancarios que comenzó apenas comenzaba Silvina Batakis aquélla dudosa y breve gestión para el olvido. Hasta ahora Massa, no da ninguna señal que, por lo menos, tiente al ahorrista a volver a confiar sus capitales a un sistema financiero donde siempre pierde punto y siempre gana banca –y no precisamente la privada-.
Aparte de esto, hay que sumar el hecho de que hasta ahora el Banco Central sigue sin resolver la hemorragia de dólares semanal que promedia los 750 millones de dólares a la semana para sostener el valor del dólar blue. Una contradicción que da por tierra con esa superstición negacionista de que el mercado paralelo es un mercado pequeño que no tiene ninguna incidencia en la macroeconomía.
Sin un plan concreto, sin los cambios estructurales necesarios, e insistiendo con más de lo mismo (control de cambios, control de precios, emisión, precios cuidados, etc) todo indica que Massa tampoco logrará revertir los sucesivos fracasos que nos trajeron hasta aquí.
Números en rojo
Las restructuraciones de deuda que hizo hasta ahora el gobierno, fueron un fracaso. La aceleración inflacionaria y los niveles del Riesgo País con una marca promedio de 2500 puntos son lógicas consecuencias de dicho fracaso. Los niveles de endeudamiento, internacional y cuasifiscal, para sostener un régimen deficitario y los subsidios representan otro aspecto del mismo fracaso.
Hoy estamos sintiendo los efectos de la emisión desmedida ejecutada durante la pandemia y en la previa a las elecciones -el Plan Platita- en la inflación. En los dos primeros años de gobierno se emitieron 11,5 puntos de PBI. Argentina tuvo que imprimir ese dinero porque no tenía -ni tiene- crédito… y no tiene crédito porque es un defaulteador serial. Que estemos en vísperas de un año electoral donde nadie quiere asumir los costos de hacer lo que se tiene que hacer preanuncian una nueva bacanal de emisión para torcer voluntades… Plan Platita II.

En un siglo Argentina experimentó 17 crisis económicas, siendo 15 de ellas de origen fiscal. Pero en el Gobierno y en el Palacio de Hacienda siguen empecinados con el relato de la multicausalidad de la inflación, desestimando las verdaderas causas.
El fracaso, y la falacidad del relato, se tornan aún más evidentes con solo repasar las mediciones inflacionarias de julio. Según los últimos datos dados a conocer, el índice del último mes fue de 7,4%, lo que nos ubica en el ranking mundial del top 10 de los países más afectados por la inflación junto a Irán, Turquía, Líbano y Venezuela. Por primera vez, superamos a Venezuela (5,3%) en una medición mensual. Los números de los Estados Unidos, que llegaron a alcanzar un 9% anual que era casi festejado y utilizado evidencia, este mes sorprendieron con un 0% que se explica en la racionalización de gasto público y en la suba de las tasas de interés.
Los niveles de inflación en la escala regional también desmienten el relato de la guerra entre Rusia y Ucrania como detonante de un fenómeno global multicausal. Descontando a Argentina y Venezuela, el peorcito de América Latina fue Chile con el 1,4%. Le siguieron Perú con el 0,94%, Colombia con 0,8%, México con 0,7%, Uruguay con 0,7%, Paraguay 0,7%, Bolivia con 0,4% y Ecuador con 0,16%. La gran sorpresa fue Brasil con números negativos, fenómeno conocido como deflación, con -0,68%.
Estos rankings llevan a preguntarnos: ¿Qué es lo que en estos países -que seguramente también sufrieron los efectos de la pandemia y de la guerra- hacen bien? ¿Por qué nosotros estamos tan mal? Y, hablando de la pandemia y su manejo de parte de la autoridad nacional, a contrario del delirante alarde de Alberto Fernández en el Chaco, con aquello de que “el tiempo me dio la razón”, al que parece que sí le dio la razón es a Jair Bolsonaro. A los números hay que remitirse.
















