Por Benjamín Urdemales || En un escenario atípico y en un ambiente altamente polarizaado y enrarecido, las elecciones norteamericanas aun no arrojan resultados claros sobre si habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca, o si se le renueva el contrato por cuatro años más al actual.

La Elección Presidencial 2020 será la tercera de las últimas seis que hace esperar el knock out hasta los últimos segundos del último round, aunque los resultados para el Colegio Electoral no estén tan ajustados al final. Sin embargo, será la elección que desplazará a la del 2000, entre George W. Bush y Al Gore del ranking de las más contenciosas y controvertidas.
Las elecciones son competencias que dejan como saldo ganadores y perdedores. Los candidatos son solo las caras visibles de sectores e intereses en pugna por la hegemonía. Si algo ha quedado claro es que, sea cual sea el resultado final de los escrutinios, hubo tres grandes perdedores, replicando las experiencias electorales de otros países.
Como siempre, la primera gran perdedora fue la Verdad. Los grandes medios de comunicación, demostraron una vez más que son mercenarios que fungen de actores políticos al servicio de intereses, propios y ajenos. Desde que Domald Trump decidió postularse por primera vez, han sometido al pueblo norteamericano, y al mundo, a una feroz campaña de desinformación, sobre sus propuestas, sobre su persona y aún descontextualizando sus dichos. Y es que ni a los globalistas ni al establishment político les convenía, ni les conviene, un antiglobalista proteccionista y conservador que siga entorpeciendo sus planes.
La tan cacareada ética profesional con que se llenan la boca en el establishment periodístico resultó ser solo una quimera imaginaria que nunca existió, como Papa Noel; solo que esta vez los desilusionados son los adultos que entregaron sus conciencias a la CNN o al New York Times que han bombardeado, hasta con amenazas, a su público, tomándoles el pelo y arriándolos como ganado. Curiosamente, aquí en Argentina, si alguna vez han coincidido en algo Clarín, La Nación y Página 12, fue en la campaña anti-Trump que tuvo voceros como Longobardi entre las voces cantantes.
Los dueños de las posverdades y propaladores de fake news vuelven a estar nerviosos pués ninguno de sus pronósticos ha acertado. ¿Cómo podrán explicar los fallidos reportes sobre Florida y Texas, que pintaron de azul aun sin tener resultados provisorios? ¿Recuperarán alguna vez la credibilidad, o será que, como Papa Noel, solo era un invento comercial para la gilada que se considera "informada"?
Aliados de los primeros, el segundo gran perdedor lo conforma el bloque de ejércitos de encuestadoras en las que supuestamente, esta vez, había que confiar. En la AntigÜedad, los vaticinios se realizaban interpretando signos o las vísceras de la víctima de un sacrificio, pero en la era moderna, aun con toda la tecnología y sociólogos con muchos pergaminos, queda más que demostrado que la realidad que intentan vender las encuestadores siempre terminan siendo dibujos hábilmente confeccionados a medida del que las paga; diseños para intentar influenciar a los influenciables.
En el 2016 los dibujos de las encuestadoras "más serias" coincidieron en dar como ganadora indiscutible, con amplísimos márgenes no solo en el voto popular, a Hillary Clinton. El contundente resultado en el Colegio Electoral de entonces dio por tierra con tal fantasía. En esta última ocasión, luego de "corregir errores metodológicos", volvieron prácticamente con el mismo boceto, pronosticando abultados guarismos favorables a Biden, sobre todo en los estados pendulares. La batalla legal que se avecina para solicitar recuentos e investigación de presuntas gravísimas irregularidades, atestiguan que las encuestadoras se equivocaron estrepitosamente una vez más. Hablamos de 12 puntos de diferencia y no de décimas que pelean cabeza a cabeza. ¿Dolo o ineptitud? Queda en el amable lector el veredicto. Para nosotros está más que claro que la realidad terminó siendo muy distinta a la que proyectaron a pedido de los que les pagaron.
Por último pero no menos importante, la tercera gran derrotada es la Libertad. Tal como la fantasía de la imparcialidad y objetividad periodísticas, queda confirmado que no existe más, si es que alguna vez existió, la libertad de expresión que nos prometían las redes sociales. “Democratizar la comunicación social”, “Empoderar al ciudadano”, “Horizontalizar los discursos”, terminaron siendo solo sloganes comerciales o promesas mesiánicas del nuevo mecanismo de control social, aliado del poder, diseñado por los Bill Gates y los Mark Zuckerberg. Nos vendieron espacios con una libertad jamás concebida, que terminaron siendo estructuras al servicio de los poderosos que quieren bombardearnos con una publicidad que no solo vende productos, sino que pretende dictarnos cómo y qué pensar.
Y por eso los dispositivos algorítmicos para realizar espionaje, proselitismo ideológico, y ejercer la censura sobre todo aquel que ose a disentir con el pensamiento hegemónico de la corrección política autoproclamada "progresista".
La libertad sin límites que nos vendieron degeneró en reglamentos confusos, sanciones arbitrarias, bloqueos masivos, advertencias sesgadas y cuentas borradas. Las redes sociales terminaron siendo un panóptico diabólico que solo parecía posible en las pesadillas orwellianas, un espacio virtual de disciplinamiento político antes que de libre expresión. Parecerá una exageración… pero han censurado hasta al propio Presidente de los Estados Unidos.
Aún no se sabe quién resultó ganador, aunque el establishment parece ya haber elegido a Joe Biden como nuevo inquilino de la Casa blanca. Es quizás por todo lo expuesto que muy poco se conoce sobre las gravísimas irregularidades que se están denunciando y censurando en las redes sociales. Votos por que llegaron después de la hora, la negativa a que observadores monitoreen el escrutinio y votos emitidos por personas fallecidas, entre otras, ponen en tela de juicio los resultados proyectados por los medios de comunicación y sustentan la inminente judicialización de estas elecciones que pasarán a la historia como las más controvertidas.
Para Donald Trump, perder estas elecciones sin duda significará un duro golpe en la recta final de su vida, pero sin dudas será recordado por generaciones; amado u odiado, su legado perdurará por años ya que desde que decidió competir allá por el 2015, le ha dado un nuevos bríos a un Partido Republicano que hoy aparece como redefinido.
En cambio Joe Biden, ganando o perdiendo, pasará al olvido rápidamente. Se puede esperar de él más bien otro Jimmy Carter más que otro Barack Obama… ni hablar de un J.F. Kennedy. Quizá, dada su avanzada edad, sea el que termine allanando el camino para la primer presidente mujer, pero es sin dudas es el candidato menos interesante que ha postulado en las últimas décadas el Partido Demócrata.















