A pocas horas de la veda electoral previa a este ensayo de recta final que representan las PASO, van cerrando las campañas proselitistas de los distintos frentes de las fuerzas políticas en pugna por la renovación del Congreso Nacional. La sensación, aparte de la gran apatía que pronostican los sondeos, es que muy pocos tienen en claro qué es lo que está en juego en estas elecciones legislativas. El dato curioso es que pareciera que ni los candidatos lo saben.

La apatía tiene origen en las dirigencias que, además haber puesto sobre la palestra candidatos que no se sabe bien qué representan, han terminado pauperizando el debate con intrascendencias, groserías, frivolidades y banalidades. Tanto en las filas del oficialismo, como en general en las de la oposición, parece haber mayor preocupación por las grietas internas que por comunicar propuestas ciertas y realistas para la solución de los problemas actuales de la Argentina.Tan pésimos e insulsos son los candidatos que la discusión pasa por la supuesta funcionalidad que señalan unos entre los candidatos de las propias filas que desafiaron las listas de unidad y decidieron presentarse a la compulsa, mientras que del otro lado parecen no darse cuenta que llevan dos años hablando del pasado al que intentan condimentar con la insólita oferta de más relaciones sexuales y cartas astrales.
Llama mucho la atención el discurso tibio de la oposición a la hora de apuntar los temas centrales sobre los que se debería poner un mayor énfasis. Solo el periodismo parece atento a la inflación, la economía y la bomba de tiempo que genera la desenfrenada emisión monetaria. Solo baste citar como ejemplo que, en la oposición, casi nadie habla de los $75 mil millones que lleva girando el gobierno nacional a la provincia de Buenos Aires por fuera de régimen de coparticipación.
Muy poco se ha hablado, y si se lo ha hecho fue casi con cordialidad, de las fiestas clandestinas en Olivos o del escándalo de los vacunatorios VIP… cualquiera podría pensar que hay un pacto de no agresión; nuevamente la estridencia que merecían estas exhibiciones casi pornográficas de privilegios y desigualdad fue esgrimida con mayor claridad desde el periodismo. Desde la oposición apenas hubo reprobaciones con tono protocolar, casi moderado, al respecto. Y ya que hablamos de vacunas, a nadie parece importarle la pobre performance argentina en esta materia: estamos llegando a estas primarias legislativas con menos del 40% de la población con el esquema de dosis completo gracias al monopolio estatal de la vacunación y porque primó la ideología a la hora de firmar los contratos con los laboratorios.
Entre las filas de la oposición parecen estar más preocupados por ganarle las internas a los propios que en llamar a la reflexión sobre la eventual e inminente radicalización del oficialismo tras las elecciones, sea cual sea el resultado. La preocupación se transmite con mayor insistencia desde las columnas de opinión que en los discursos políticos. Sea cual sea el resultado, todo parece indicar que el kirchnerismo se endurecerá en sus tesituras y en el rumbo, pero macristas, larretistas y radicales están más concentrados en llevar agua a sus propios molinos y en demostrarse más papistas que el Papa.
En el kirchnerismo pasa otro tanto con la innegable grieta entre cristinistas, massistas y albertistas. Hay una dura pugna entre La Cámpora y el peronismo tradicional que empieza a despegarse poco a poco del presidente, mientras los massistas aprovechan para pescar en río revuelto. Solo Dios sabe cómo quedarán las cosas luego de las PASO y las legislativas de noviembre. Conscientes del desastre y los escándalos, en el kirchnerismo hay más miedo a ganar por poco que a perder por mucho, y por eso apuestan todas las fichas a la provincia de Buenos Aires y a las provincias que renuevan senadores porque ahí está la clave de mantener los números en las cámaras del Congreso. En el resto de las provincias esperan catástrofes electorales como la de Corrientes.
Para muchos las PASO ni siquiera deberían existir, pues en la práctica la mayoría de las fuerzas políticas no practican la democracia interna y todo se resuelve en las mesas chicas con las famosas "listas de unidad". Pareciera que siempre hay circunstancias que ameritan esa falta de consulta puertas adentro sobre quién, o quiénes, debería representar o conducir a tal o cual fuerza para "no dividir" o para "no ser funcional". Pero esa práctica desnaturaliza a la democracia y a los partidos políticos que deberían ser el ejemplo al ser instituciones inherentes al régimen democrático.
Si no existieran las PASO, hoy el kirchnerismo tendría ya quorum propio en ambas cámaras, pues si nos atenemos al resultado de las primarias de agosto de 2019 se hubieran impuesto por 16 puntos. De manera que hay que ir a votar, hay que darle el voto de confianza al candidato con el que uno se siente representado. No hay nada más funcional que no ir a votar o votar en blanco. Profundización del modelo o los principios republicanos y la institucionalidad, es lo que está en juego en estas elecciones.















