Transcurrió otra truculenta semana de esas intrigas palaciegas que sazonan la insólita dinámica del diario acontecer político de nuestro país, que, a estas alturas, nada tiene que envidiarle a los realities de eliminación o a los melodramáticos culebrones de TV.

Comenzaba el septenario en el que se esperaba que con el viaje a los Estados Unidos de Silvina Batakis se calmen los mercados y se apacigüen las turbulencias de un vendaval que se había desatado tras la sorpresiva renuncia de Martín Guzmán ocurrida hacía menos de un mes.
Todo parecía indicar que habían sido fructíferas las reuniones de la flamante ex ministra con el FMI, el Banco Mundial, altos ejecutivos de Chevron y General Motors, funcionarios del Tesoro y popes de Wall Street. El dólar empezaba a estabilizarse y a encontrar un nuevo piso tras haber alcanzado un techo estratosférico.
Las próximas paradas de Batakis serían una reunión con los gobernadores, a quienes iba a darles la mala noticia de que se venían interrupciones y mermas en el chorro de fondos para las provincias con superávit, y otra con el sector agropecuario para pedirles, una vez más, que liquiden la cosecha. Todo pensando en ahorrar unos pesos por aquí y juntar otros dólares por allá para alcanzar las metas de equilibrio fijadas y tratar de recuperar las desahuciadas reservas del Banco Central.
Sin embargo, luego de este simbólico bautismo de fuego de Batakis en los Estados Unidos, al regresar al país se enteró de que le cambiaron la cerradura al Palacio de Hacienda mientras estuvo ausente, que ya se rumoreaba anticipadamente el nombre de su sucesor, y que la esperaba un nombramiento consuelo en agradecimiento por los servicios prestados.

Era lo mínimo que podían hacer por alguien a quien evidentemente usaron -así lo reprochó ella misma- para crear el marco jurídico que exigía el verdadero candidato al Ministerio de Economía para hacerse cargo -tampoco podían destetar tan abruptamente a una respetada técnica militante que pasó su larga trayectoria en despachos públicos sin haber conocido, ni por casualidad, el frío y las penurias de la práctica privada-.
Todo un flashback o déja vú de lo que le pasó alguna vez a Felipe Solá cuando se enteró camino a Brasil que ya no era canciller y que sería reemplazado en Relaciones Exteriores nada menos que por Santiago Cafiero. En el caso actual, Batakis, una economista de fuste, será reemplazada -por ahora- por un tardío abogado a quien ni los más generosos podrían categorizar ni como aficionado a la especialidad de la cartera.
Pero es un político, de eso no caben dudas. Lo avalan y certifican todo un periplo de notorias transfugueadas que lo llevaron de la militancia liberal en la UCEDE de Álvaro Alsogaray al peronismo de Carlos Ménem, de donde pasó sin problemas a la facción de Eduardo Duhalde para luego reinventarse como acérrimo de Néstor Kirchner, de donde pareció irse pegando un portazo y encabezando una sublevación de intendentes contra Cristina Kirchner.
Mientras le duró el antikirchnerismo tuvo coqueteos con Mauricio Macri, y culminó esta serie de increíbles mutaciones en un retorno, casi penitente, al peronismo de Alberto Fernández, a compartir la mesa chica con aquellos que había jurado nunca más volver a sentarse... de prometer encarcelamiento a su antigua jefa pasó a ser un testigo a su favor en una de las tantas causas por corrupción, y hasta amigo y confidente el infante Máximo, líder de los "ñoquis de La Cámpora" que alguna vez había prometido erradicar del Estado.

La inesperada llegada de Sergio Massa al gabinete presidencial parece marcar el punto de inflexión de la inexorable cuenta regresiva a las Elecciones 2023. Muchos podrían interpretarlo como una as bajo la manga o la bala de plata que guardaban los principales socios de la coalición gobernante. Una jugada desesperada en toda regla para tratar de salvar la ropa para evitar esa crisis terminal y la temida imagen del helicóptero despegando y desmitificando esa superstición de la gobernabilidad peronista.
En nuestro país, fuimos testigos de un siniestro juego de misterios y conspiraciones en los momentos más aciagos de la actual crisis. En cuanto comenzaron a circular los rumores de este inesperado enroque de funcionarios de las áreas más sensibles y se publicaban las potenciales nuevas asunciones, la portavoz presidencial Gabriela Cerruti parecía más dispuesta a responder preguntas sobre su curioso sorteo de un vibrador sexual en su cuenta de Instagram que a tratar de calmar el clima de ansiedad que se estaba gestando.
Massa aportó su propia contribución de incertidumbre al jugar al distraído mientras su propia esposa, Malena, había estado operando por aquellas horas refritando viejas publicaciones de Twitter en simultáneo a la publicación de los nombres de los eventuales miembros del equipo económico que convocaría el tigrense, lista presumiblemente filtrada por los renovadores.
Muchos se preguntan si este es el reacomodamiento final del gabinete presidencial. Todo indica que la novela aún no se termina y quedan todavía muchos capítulos por ver. Por lo pronto se supo que Cristina presiona para imponer a Jorge "Coqui" Capitanich como jefe de gabinete, y que Alberto resiste y aguanta a Juan Manzur. Massa espera pacientemente, como lo hizo hasta ahora, para una nueva anexión a su súbito imperio.

Realmente irresponsables y reprochables actitudes en un país con más del 50% pobres y una indecorosa franja de indigencia -números que van creciendo conforme se van produciendo las devaluaciones, involuntarias o programadas-… un país al borde del estallido.
No es ningún misterio lo que deben pensar por estos momentos en los Estados Unidos el asesor del Departamento del Tesoro, David Lipton; la jefa del Fondo Monetario, Kristalina Georgieva; y los ejecutivos de Wall Street, que le dedicaron tiempo e intercambiaron números de teléfono con Batakis y terminaron desayunándose que la nueva ministra que había viajado a transmitirles tranquilidad fue reemplazada a escasas horas de reunirse con ellos.
No importa a estas alturas qué pensarán en el mundo del poco fiable Alberto Fernández, que un día elogia a Juan Domingo Biden, que al día siguiente ofrece a Argentina a Vladimir Putin como cabecera de playa para el desembarco ruso, y que más adelante se presta para hacer de vocero de los regímenes dictatoriales más impresentables de la región en la Cumbre de las Américas.
Lo que importa ahora es cómo reparar la imagen de nuestro país y reconstruir la confianza y la credibilidad perdidas. Otra pesada herencia que quedará para el siguiente inquilino de Balcarce 50.















