El pueblo jujeño enfrenta a los invasores realistas en la batalla de León.
Por Jorge Delfín Calvetti

En el año 1821 cuando los conflictos en el país recrudecieron, Martín Miguel de Güemes sé concentró en una lucha interna contra el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, que tenía como uno de los jefes de su tropa al humahuaqueño Manuel Eduardo Arias, desobedeciendo la orden de San Martín de avanzar hacia el Alto Perú.
Sosteniendo que Aráoz apoyaba a los españoles, el caudillo norteño movilizo sus tropas para enfrentarlo en las batallas de Trancas, Acequiones y Rincón de Marlopa. Güemes, que no participó de los combates fue derrotado y, desmoralizado, volvió a Salta para perseguir a quienes se habían revelado contra su gobierno, provocando que varias familias salteñas buscaran auxilio en Tucumán y Jujuy, donde fueron bien recibidas.
El historiador salteño Bernardo Frías, al referirse al hecho, señaló: "quizo esta vez reprimir más seriamente la obsecación de sus adversarios; y notando en estos que los hombres del comercio habían sido quienes por esta vez habían formado lo principal y más arrojado del movimiento, determinó para su castigo, dar licencia a sus gauchos (Los Infernales) para que entraran al saqueo de las tiendas y casas de sus conocidos enemigos".
Por su parte, José Ignacio Gorriti, general jujeño que había quedado a cargo de la Gobernación de Salta durante la campaña a Tucumán, fue convocado de manera urgente por el Cabildo jujeño ante la amenaza de una nueva invasión realista.
En este contexto, los españoles, dirigidos por el general Pedro Antonio de Olañeta, vieron la posibilidad de una nueva oportunidad y avanzaron por el norte, desde el 10 de marzo, con las dificultades que les causaban los ataques padecidos por los gauchos quebradeños al mando del coronel Manuel Álvarez Prado, en Humahuaca, Laguna Colorada, San Lucas, Valle Grande, Uquía y Tilcara.
Los jujeños Guillermo y Felipe Marquiegui, cuñados de Olañeta a cargo de la vanguardia española, invadieron la ciudad de San Salvador de Jujuy el 15 de abril de 1821. Ante la hostilidad del pueblo, los hermanos decidieron retroceder hasta la localidad de León, donde esperarían a las tropas realistas que avanzaban con más de 3000 soldados que se encontraban en las cercanías de Tumbaya, a unos 25 kilómetros, aproximadamente.
Gorriti convocó a los jefes gauchos que no habían acompañado a Güemes en su lucha contra Araoz, delegando el mando en el Cabildo, para hacerse cargo de las escasas tropas próximas a la ciudad, sumando, también, a gauchos de Palpalá, Los Alisos y Perico. Así, el 27 de abril, atacaron y sorprendieron a los invasores que se encontraban descansando en el pueblo de León.
El combate se inició en la madrugada y se desarrolló durante todo el día. Como resultado las tropas jujeñas tomaron prisioneros a los hermanos Marquiegui y a cuatro jefes, doce oficiales y a más de cuatrocientos soldados; también, el ejército realista perdió armamentos y cabalgaduras. Entre los oficiales que participaron de este combate, bajo las órdenes de Gorriti, se destacaron Agustín Dávila, Eustaquio Medina, José Mariano Iturbe, Francisco Pastor, Domingo de Iriarte, entre otros. Paradógicamente, Iriarte, con el grado de Comandante General de Avanzadas, participa del combate de Tumusla donde es muerto Olañeta en 1824.
El sacerdote Juan Ignacio Gorriti, hermano de José, que bendijo por primera vez la Bandera Argentina en manos de Belgrano, señaló que también se recuperó “todo el ganado vacuno que había robado desde Ocloyas y eran 1000 cabezas de ganado vacuno y considerable cantidad de caballos, yeguas, etcétra, que todo fue restituido a sus dueños”.
Enterado de la derrota de sus cuñados, Olañeta planificó un ataque por la Quebrada de Tiraxi para sorprender por la retaguardia a Gorriti y así poder recuperar a su tropa. El general jujeño, conociendo los planes del español, amenazó con fusilar a los Marquiegui y al resto de los prisioneros, provocando el retiro inmediato de los realistas a la localidad de Mojos en Bolivia. La esposa de Olañeta, Pepita Marquiegui, según señaló Frias, “plañía a su oído a toda hora reclamando salvara a sus hermanos que yacían prisioneros y heridos”, ya que Guillermo, además de encontrarse cautivo, había perdido un brazo en batalla y se encontraba en apariencia moribundo.
Lo destacado de esta batalla, también, fue la participación del pueblo jujeño y de los emigrados salteños que participaron del combate en reemplazo de las tropas regladas que, dejando desprotegida la ciudad, fueron trasladadas a Salta para acompañar al ejército de Güemes. También hay que resaltar la labor desempeñada por el coronel Álvarez Prado y sus gauchos, que, con sus constantes ataques, retrasaron el avance de Olañeta impidiendo que se uniera con sus cuñados. Sin esta ayuda, hubiese sido imposible que Gorriti se enfrentase a la vanguardia española que estaba a punto de recibir el apoyo de los 3.000 soldados del ejército español.
El historiador Emilio Bidondo describió el Día Grande de Jujuy resaltando: " es el resultado espontáneo, individual y colectivo de la voluntad de un pueblo que, abandonado por el poder central, envuelto en la vorágine de la guerra civil, sin recursos, diezmado por años de continuo batallar, resuelve afrontar la dura empresa de la lucha contra los enemigos de la libertad y sale triunfante de las pruebas a las que se somete. Este es un digno ejemplo para las generaciones posteriores".
Más adelante, Bidondo señaló: "en medio de las luchas intestinas, Jujuy saca fuerzas de donde no hay nada, e impulsado por el espíritu de la Revolución, bate a tropas regulares veteranas, con milicias, hombres, mujeres y niños. Tal es la razón por la cual esta acción (una más del centenar libradas en esta provincia) merece pasar a la historia con el nobilísimo título del ’Día Grande de Jujuy’, aunque, a mi parecer, no solo es un día grande para la provincia, sino para nuestra Independencia".
En Yavi, Olañeta dejó un destacamento de 300 hombres a cargo del comandante José María ‘Barbarucho’ Valdez. En Mojos, los españoles esperaron un recrudecimiento del conflicto entre Salta y Tucumán, lo que les brindaría una nueva oportunidad para invadir el norte argentino.
Las consecuencias
No debemos quedarnos solo con este triunfo, sino que tenemos que analizar las consecuencias que tuvo para el futuro de nuestro país.
‘Barbarucho’ Valdez tenía como misión recuperar a los hermanos Marquiegui y al resto de las tropas que se encontraban en manos de los jujeños. El plan era bajar por el camino del ‘despoblado’, ingresar desde Purmamarca a San Salvador y recuperar a los prisioneros. Al enterarse que Gorriti había trasladado a los cautivos a Salta, continuó por el antiguo camino hasta toparse con Mariano Benítez, un comerciante español que huía de los maltratos de Güemes y al que seguramente conocía, ya que ambos residieron en Salta antes de 1810. Éste le contó sobre el caos que se vivía en la ciudad de Salta y planificaron caer por sorpresa a las tropas patriotas.
El 7 de junio de 1821, Gorriti aisló a los prisioneros en una finca salteña propiedad de la familia Costas. Por su parte, Valdéz descendió de ‘las cumbres del cerro Nevado’, pasando por la Quebrada de los Yacones hasta llegar al Campo de la Cruz, lugar donde Belgrano triunfó en la Batalla de Salta, sorprendiendo y atentando contra Güemes en el “puente que daba paso al tagarete de tineo”, en el centro salteño.
Bernardo Frías relató que Valdéz pudo herir mortalmente a Güemes al penetrarlo con una bala en el “espinazo por la parte inferior y desgarrándole la ingle derecha”. Cuenta Juana Manuela Gorriti que su padre (José Ignacio) le relató que se hallaban con Güemes y Whit en El Chamical, cuando arribó un mensajero que dijo venir de parte de su hermana y que lo necesitaba de forma urgente para “comunicarle noticias de la más alta importancia”.
Güemes acudió en forma inmediata y al llegar a Salta y al entrevistarse con ella, le dijo sorprendida que no lo había convocado. En ese instante se dieron cuenta de la celada. Junto a su escolta se enfrentaron a los godos, que ya habían rodeado la manzana, logrando pasar, solo el, el cerco que le habían tendido, pero “una de las mil balas que destrozaron sus vestidos, su sombrero y hasta los tiros de su espada, había atravesado su cuerpo”.
El prócer de la independencia fue trasladado a la Estancia de la Cruz, que era de su propiedad, donde junto a Whit “lo recibimos al amanecer, pálido, cubierto de sangre, casi exánime”, mientras le realizaban las primeras curaciones señala Gorriti. Continuando con su relato, destaca, que en un momento cuando estuvieron solos, junto a Whit les dijo “traigo la muerte en mí seno; pero no es ella la que en este momento me aqueja, sino la idea de abandonar la vida sin haber cumplido la promesa de libertad que hice a la Patria”, mientras afuera solo se sentía el llanto de sus Infernales.
Olañeta, al enterarse, retornó presuroso y tomó posesión de Jujuy y Salta el 22 de junio de 1821. Poco después, el general español asumió la gobernación de Salta sin el apoyo del pueblo, ni de Bernabé Aráoz, ni de Manuel Eduardo Arias, hundiendo las teorías que los señalaban como colaboradores de los realistas. Los deseos de Olañeta, ante el descontento popular, se fueron esfumando y negoció el retiro de su ejército a cambio de la vida de los hermanos Marquiegui y del resto de los prisioneros.
Güemes, antes de morir, había designado al coronel Jorge Enrique Vidt o Whit al frente de las tropas que lo acompañaban. Sin embargo, esta solicitud no se cumplió y el coronel Antonio Fernández Cornejo, uno de los que habían provocado la destitución de Güemes como gobernador, fue elegido por unanimidad comandante de las tropas patriotas y sitió Salta para provocar la caída de Olañeta. El 14 de julio de 1821 se firmó un armisticio en el cabildo salteño entre los representantes de Fernández Cornejo, flamante gobernador, y los representantes de Olañeta, que se había retirado a Tupiza (Bolivia).
Entre los puntos destacados se resaltó que “todos los prisioneros serán canjeados, en lo posible, dentro de los ocho días” y se retirarán hacia el norte siendo la frontera el pueblo de Purmamarca. La duración del armisticio era de cuatro meses. De no haber tomado prisioneros en la Batalla de León a los Marquiegui, cuñados del general español, como así también a los oficiales y soldados, otro hubiese sido el destino de Salta y Jujuy.
Por otra parte, hay que señalar que el presidente del Tucumán, Bernabé Araoz, con la promesa de continuar sumando tropas, envió cuatrocientos soldados al mando del coronel Eduardo Arias para combatir a los españoles. Estas no entraron en combate por la firma del armisticio. Saturnino Saravia, entonces, al mando del gobierno de Salta, resaltó “se considera por ahora inoficiosa la salida de las tropas de esa república, al menos hasta el resultado que tuviesen los nuevos tratados”.
Luego del retiro, los españoles no regresaron a Salta, aunque continuaron atacando Jujuy hasta 1824, cuando se produjo la muerte del general Don Pedro Antonio de Olañeta en Tumusla (Bolivia).
*Fragmento del libro “¿Güemes es jujeño?”, año 2023.














