El ex mandatario apuesta a vencer este domingo en primera vuelta al actual, que amenazó con desconocer los resultados. Según las últimas encuestas, los separan 14 puntos.

Según las encuestas, que reflejan la polarización y el clima de crispación política que enfrenta Brasil, el líder del Partido de los Trabajadores (PT), de 76 años, estaría a las puertas de lograr un triunfo en primera vuelta, con un 50% de intención de votos válidos, y que de concretarse sería un golpe de efecto para Lula y un mazazo para Bolsonaro. El presidente (de 67 años, Partido Liberal), que ha repetido que descree de esas cifras y hasta puso en duda que vaya a aceptar los resultados, marcha por detrás con 36%, y buscará forzar una segunda vuelta prevista para el 30 de octubre.
Una de las mayores incertidumbres de estas elecciones, seguidas con fuerte expectativa en la región ante el posible giro político en Brasil, es sobre si Bolsonaro reconocería una eventual victoria de Lula. A semejanza de lo que hizo su mentor Donald Trump en Estados Unidos, el presidente sembró dudas sobre la fiabilidad del sistema de votación, con ataques al Tribunal Superior Electoral, y dijo que aceptará el resultado “siempre que sea limpio y transparente”. Su reacción mantiene en alerta al país, donde hay quienes temen por cómo podrían accionar los simpatizantes más radicales del líder ultraderechista si denunciara un fraude, tras una campaña marcada por un aumento de la violencia política.
En la recta final hacia los comicios, en los que 156 millones de brasileños están habilitados para participar, la estrategia de Lula ha sido apelar al “voto útil” para captar a indecisos (2%) y a electores de Simone Tebet (MDB, 6% de intención de voto) y de Ciro Gomes (PDT, 5%), además de otro puñado de candidatos. De lograrlo, aumentaría sus posibilidades de alcanzar la mitad de los votos útiles para sellar un triunfo en primera vuelta.

Brasil llega a estas elecciones tras varios años traumáticos, en los que tuvo una de las peores recesiones de su historia, escándalos de corrupción de toda índole, índices de violencia y desempleo récord, una presidenta (Dilma Rousseff) destituida por impeachment, un mandatario con la menor imagen positiva desde 1985 (Michel Temer) y el impacto feroz de la pandemia, con más de 685.000 muertos y críticas globales a la respuesta del gobierno de Bolsonaro.
“Es una elección extremadamente polarizada, con los votos muy concentrados solo en dos candidatos. En ese aspecto es un comicio parecido al de 2006, cuando Lula fue reelecto en ballottage ante Geraldo Alckmin, hoy su compañero de fórmula”, señaló el politólogo Alberto Carlos Almeida, experto en opinión pública brasileña, que apuntó que la economía ha sido el tema central de la campaña, muy por delante de la corrupción y la pandemia.
Lula no solo eligió al exgobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin, cofundador del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), como su candidato a vicepresidente, sino que se acercó a figuras de centro con las que tuvo muchas diferencias, como los excandidatos Marina Silva y Henrique Meirelles, y tuvo un apoyo velado del exmandatario Fernando Henrique Cardoso. También recibió gestos del empresariado, entre ellos los titulares de las federaciones de bancos e industriales, en su afán por transmitir una imagen de moderación y certidumbre, aunque no reveló cómo desarrollaría su plan económico.

Además de la batalla por la presidencia, se renovarán los 513 miembros de la Cámara de Diputados, un tercio de los escaños del Senado y los 27 gobernadores, con disputas como la del estado de San Pablo, el motor económico del país. “Aunque Lula gane, no tendrá mayoría en el Congreso, lo que lo obligará a hacer alianzas con el bloque del centrão. Se topará con muchas limitaciones para implementar los cambios rápidos y profundos que promete”, advirtió el politólogo Mauricio Santoro, de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ).
Tanto Lula como Bolsonaro midieron fuerzas con sendos actos ayer en San Pablo. El líder ultra derechista encabezó una de sus clásicas caravanas en moto y desafió las encuestas. “No hay forma de que no saquemos el 60% de los votos, como mínimo”, pronosticó. Sus seguidores también se mostraron confiados. “¡Ganamos en primera vuelta!”, le gritó de lejos Susanna Souza, vestida de policía.
Poco después, el expresidente encabezó una “macha de la victoria” en la emblemática Avenida Paulista, al calor de los militantes del PT. “Le quiero devolver la esperanza a ella”, señaló Laura, que llevaba en brazos a su hija de siete años.













