Mientras la isla sufre apagones y protestas por la falta de alimentos, trascienden gastos millonarios en seguridad y la presencia del jefe de la Inteligencia de EE. UU. en La Habana.

La crisis en Cuba ha perforado un nuevo piso y ya no solo se debate en términos de catástrofe humanitaria, sino de seguridad internacional.
En medio de un escenario de colapso energético, cacerolazos y una profunda escasez de alimentos y medicamentos, se sumaron versiones muy verosímiles sobre una presunta compra de drones iraníes y rusos por parte del régimen.
Este movimiento militar, a escasas 90 millas de las costas de Florida, coincide con un hecho político de alto impacto: la sorpresiva y oficializada visita del jefe de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana.
El contraste en la isla es total. Mientras la infraestructura estratégica se cae a pedazos debido a la falta de inversión —un declive profundizado tras la pandemia por la pérdida del turismo y las remesas—, el gasto de la dictadura cubana en materia de seguridad e inteligencia civil y militar se ha mantenido en niveles siderales.
Estos millonarios recursos, destinados a sostener el control del aparato estatal y no a garantizar el bienestar de la población, explican el creciente descontento social que hoy se vuelca a las calles.
La presencia de Ratcliffe, difundida tanto por la agencia estadounidense como por el diario oficial Granma, sugiere que la administración de Donald Trump está moviendo sus fichas en el Caribe.
La clave para entender la estrategia de Washington radica en la figura del secretario de Estado, Marco Rubio, quien ha convertido la lucha contra las autocracias de Cuba y Venezuela en el eje de su identidad política.
Rubio sostiene que Cuba es un Estado fallido y que no es posible un cambio de modelo económico con los mismos nombres en el poder.
El despliegue del jefe de la CIA en La Habana, que evoca los movimientos previos a la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, abre la hipótesis de que Estados Unidos busca forzar una transición.
La estrategia apuntaría a identificar actores internos dentro del propio régimen castrista que estén dispuestos a negociar una salida o aceptar una fase tutelada de apertura.
Sin embargo, este camino intermedio ya genera fuertes resistencias en la diáspora cubana, que exige el fin definitivo del modelo de partido único.















