
Ellos, sin embargo, tienen un motor interior, en el que el desafío y la ambición nunca son recortes desinflados. Gallardo nació como conductor en Nacional, de Montevideo, una plataforma exitosa y valiosa, que lo contuvo en su última etapa como futbolista. Cinco títulos internacionales (Sudamericana 2014, Libertadores 2015, Recopa 2015 y 2016 y Suruga Bank 2015) y un torneo doméstico (Copa Argentina 2016), le destinan un pasado glorioso, que lo proyecta en el olimpo de los más grandes, en la misma sintonía que Ramón Díaz y Ángel Labruna. O más. "No me importa demasiado ser el mejor técnico de River, no me pongo esos plazos ni objetivos personales. Sí me gusta seguir aprendiendo cosas y, mientras tanto, competimos. Sé que soy joven y todavía tengo un montón por aprender. Los objetivos son a nivel grupal. Los entrenadores dependemos de los futbolistas. Si no conformamos un buen equipo de trabajo, estamos de paso", contó, alguna vez. Las semifinales coperas -la Libertadores, y la Copa Argentina, la otra ilusión-, representan su mejor fisonomía: su River suele transformarse en táctica, apellidos y variables de ajuste, aunque con la misma fuerza competitiva. Su futuro, eso sí, invita a la nostalgia: hay amenaza de partida en diciembre.
Almirón también se iría a fines de año. San Lorenzo -o un desafío mayor-, lo espera con los brazos abiertos. Sabe, ahora mismo, que alcanzó el mayor hito de la historia de Lanús -las semifinales de la Libertadores-, sin la experiencia de su adversario, aunque con el respaldo de los cruces directos a su favor y motivado por ser el más exitoso hombre vestido de granate. El torneo de primera, la Copa Bicentenario y la Supercopa -todos en 2016-, no suelen reflejar su mejor imagen. Sería quedarse sólo con el valor numérico: el Comandante representa la ética del juego. Admirado en México -allí en donde volverá apenas pueda-, de traumático paso por Independiente, descubrió en Lanús su mejor imagen. El equipo -modificado en el tiempo, sin las figuras de antaño-, cree en su filosofía, en la que el primer pase siempre es por abajo, con el respaldo de un arquero-jugador.
"Estar en esta instancia es nuevo e histórico para nosotros; ellos están acostumbrados. Trataremos de disfrutar", acepta Almirón, uno de los apellidos que anduvieron dando vueltas meses atrás, ante la acefalía del seleccionado. También Gallardo, lógicamente, que aspira a un grande de Europa. Se respetan, se admiran. Almirón venera a Ricardo La Volpe: suele decir que le debe su filosofía. Gallardo, en cambio, toma recortes de viejos equipos: la U de Chile de Sampaoli, el Dortmund de Klopp. Los dos se nutren de la psicología y de los métodos de otros deportes. Curiosos, audaces, sin límites.















