Hace 115 años, en Uskub —entonces parte del Imperio Otomano y hoy Skopie, capital de Macedonia del Norte— nacía Anjeze (Agnes) Ghonxhe Bojaxhiu. A los 18 años ingresó al noviciado de las Hermanas de Loreto y fue enviada a la India. Allí adoptó el nombre de Teresa, en homenaje a Teresa de Lisieux, patrona de los misioneros. Décadas después, se convertiría en una de las figuras religiosas más influyentes y controvertidas del siglo XX.

Una figura global
La gran irrupción internacional de la Madre Teresa ocurrió en 1969, cuando el periodista Malcolm Muggeridge estrenó Something Beautiful for God, un documental de la BBC que difundió su labor fuera de la India. A partir de entonces, la imagen de la monja de hábito blanco con franjas azules comenzó a recorrer el mundo: su voz grave, sus gestos pausados y sus declaraciones sobre la pobreza la transformaron en símbolo global.
Su obra atrajo donaciones que permitieron abrir centros de atención, hospitales y hospicios en los barrios más pobres de Calcuta. En 1979, la concesión del Premio Nobel de la Paz consolidó su fama planetaria. Desde entonces se vinculó con líderes políticos, celebridades y también con personajes cuestionados, como la familia Duvalier en Haití.
Pese a su aparente fragilidad, era firme al tomar decisiones y disciplinar a su congregación. Los poderosos que se reunían con ella solían salir habiendo donado más de lo que habían previsto.
El giro tras la hambruna
Durante años fue una monja dedicada a la docencia en Calcuta, donde enseñaba historia y geografía. Todo cambió con la hambruna de Bengala en 1943, que provocó más de un millón y medio de muertes. El contacto directo con el hambre y la miseria marcó su destino. Poco después, relató haber tenido una “llamada dentro de la llamada”: una revelación en la que sintió que Jesús la instaba a dejar el convento y dedicarse a los más pobres.
De Agnes a Teresa: el camino de la patrona de los misioneros
Nació el 26 de agosto de 1910 en Uskub, entonces parte del Imperio Otomano (hoy Skopie, capital de Macedonia del Norte). Su nombre era Anjeze Ghonxhe Bojaxhiu, aunque todos la conocían como Agnes. Hija de una familia albanesa, creció en un hogar acomodado hasta que la muerte prematura de su padre cambió por completo el destino familiar. Con apenas ocho años, conoció las privaciones y poco después ingresó al cuidado de las Hermanas de Loreto.
A los 18 años se unió al noviciado y fue destinada a Calcuta, India, donde adoptó el nombre de Teresa en homenaje a Santa Teresita de Lisieux, patrona de los misioneros.
Tras la devastadora hambruna de 1943, dejó las aulas y el convento para volcarse a las calles de Calcuta, decidida a convivir y asistir a los más pobres. Dos años le llevó conseguir el permiso eclesiástico para fundar su propia congregación: las Misioneras de la Caridad, con un lema simple y radical: “Amar y cuidar a quienes nadie está dispuesto a cuidar”.
Desde entonces, su labor estuvo centrada en los más olvidados de la India: leprosos, moribundos, huérfanos y hambrientos. Para Teresa no se trataba de los pobres en general, sino de “los más pobres entre los pobres”. Su obra se multiplicó con escuelas, hospicios, hospitales y orfanatos.
En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz, lo que consolidó su figura mundial. Con apenas un 2,3% de católicos en India, su congregación logró expandirse a más de cien países con 6.000 religiosas, trascendiendo fronteras y credos. Su influencia era tal que intervino en conflictos bélicos, organizó rescates de huérfanos en Beirut, promovió liberaciones humanitarias y llevó asistencia a víctimas de catástrofes en distintos rincones del planeta.

Luces y sombras
Tras su muerte, las revelaciones sobre sus dudas de fe y la publicación de cartas íntimas mostraron el costado humano y vulnerable de quien muchos consideraban una santa en vida. Paralelamente, surgieron críticas severas. El escritor Christopher Hitchens fue uno de sus detractores más duros, acusándola de fomentar la pobreza en lugar de combatirla y de mantener vínculos con dictadores y personajes oscuros. También cuestionó la precariedad de los hospitales de las Misioneras y su oposición a políticas de planificación familiar, divorcio y aborto.
Otros críticos denunciaron intentos de conversión religiosa y condiciones sanitarias deficientes en sus centros. Sus defensoras respondieron que, pese a las limitaciones, brindaban asistencia donde nadie más lo hacía.
Camino a la santidad
El papa Juan Pablo II, cercano a ella, aceleró el proceso de beatificación tras su muerte en 1997. La canonización requirió la atribución de un milagro: la curación inexplicable de un hombre con múltiples tumores cerebrales en Brasil. En 2016, el papa Francisco la proclamó Santa Teresa de Calcuta, apenas 19 años después de su fallecimiento, un récord en tiempos de la Iglesia.
La mujer pequeña y en apariencia frágil, pero de carácter férreo, que caminaba con paso ágil por las calles de Calcuta, fue despedida por la India con un funeral de Estado, el mismo honor que recibieron Gandhi y Nehru. Desde entonces, Teresa de Calcuta dejó de ser sólo una figura de fe y se convirtió en un ícono universal de compasión y controversia, admirada por millones y cuestionada por otros tantos.















