La etapa de los adolescentes es el momento en que quieren experimentar con su apariencia. ¿Prohibir o consensuar? Esa es la cuestión.
Pelos pintados, piercings, tatuajes, chicas con vello, varones con uñas largas y pintadas. En verano, con las hormonas en ebullición, más ganas de mostrarse y sin clases en la escuela, el fenómeno avanza a sus anchas y cada vez de un modo más precoz. El año pasado en el 2019 fueron una puesta a prueba para Verónica, a quien le costó acostumbrarse a que su hija de 16 no se depilara. “Después entendí que, para ella, dejar al natural el vello de las axilas o de las piernas era una bandera feminista. Fue bravo, pero ahora ya me relajé”, explica.
El psicólogo Silvio Gutman encuadra la cuestión: la adolescencia es un momento de búsqueda de identidad y el cuerpo forma parte de esa aventura. “Si no hubiera patriarcado, confrontación con otra cosa, porque en realidad los adolescentes van contra lo establecido y hegemónico”, dice. Spoiler para adultos: la misión (que por momentos parece imposible) es lograr el equilibrio para dejarlos ser sin soltarles la mano.

Mi cuerpo. La psicóloga Betina Lubochiner señala que no siempre hubo adolescentes –porque hasta mediados del siglo XX, “ponerse los pantalones largos” implicaba asumirse adulto- y que cada época que sí los tuvo, los miró con lupa.“Es que los grandes tenemos miedo al descontrol y nos olvidamos que pasamos por los mismos cambios corporales, por pensar que no íbamos a ser aceptados o tratar de identificarnos con una tribu para sentir seguridad. Porque, sobre todo si tuviste una buena familia, es muy difícil soltar a esos papás y ese es el trabajo que se da en esta etapa de la vida”, explica. Lubochiner y Gutman escribieron el libro “Peleamos o negociamos. Una propuesta diferente para vincularnos con nuestros hijos adolescentes”, donde grafican al cuerpo adolescente como un puente entre lo que fue (el infantil) y lo que será (el adulto).

Los tiempos actuales tienen una velocidad que apabulla. “Lo que antes se planteaba a los 14, hoy se hace a los 11 o menos, y eso incomoda mucho a los que educan. La bibliografía con la que nos formamos los profesionales queda superada por la rapidez de los cambios”, asume el psicólogo y counselor Andrés Sánchez Bodas. “Lo importante es poder plantearnos quién tiene el deseo de ese pelo, ese piercing, tatuaje, de depilarse o no. Si es un niño o una niña, necesitará de un adulto que primero no le transfiera sus deseos propios”, reflexiona Seillant. Elisa Pedersen marca que la crianza no sólo es cuestión de la familia, sino del contexto en el que está inserta. Y hoy, a los 13 o 14, los chicos tienen voz propia, potente y empoderada. “Entonces, si quieren hacerse un piercing o un tatuaje, se lo van a hacer igual, pero con gente que no sigue la norma y no les pide la autorización de un adulto si son menores de 18 años, como corresponde”
Lo que hoy se ve en el cuerpo de ellos, estaba antes (pero encerrado) en las cabezas de generaciones más reprimidas. “Cuando Ailín vino con que quería tatuarse, le dijimos que buscara algo que tuviera un significado fuerte porque iba a ser para toda la vida. Es difícil, hay que tratar de acompañarlos y saber cuándo ceder y cuándo poner un límite, porque si prohibís todo, hacen cosas peores; y si les dejás todo, se ponen piercings o tatuajes por todos lados”, explica su madre. “Si a un chico se lo reprime mucho, se hace un rebelde o un sometido sobreadaptado y si no se le ponen límites, un joven confuso y angustiado que no sabrá qué hacer con su libertad”
Si a los 8 años son mechas verdes, ¿cómo suben la apuesta a los 18? Y si a los 15 es un tatuaje, ¿cuánto pasará para que tengan varios más? Maitén Seillant apunta que los tatuajes y piercing merecen el diálogo y abrir un debate que permita considerar muchos aspectos antes de tomar la decisión. Pedersen propone que lo más inteligente no es poner (o imponer) un límite sino ir creando criterios junto con ellos y para eso, aunque conozca las respuestas, sirve más que el adulto haga preguntas desde un lugar de cuestionamiento inocente o ignorante. “La mejor garantía que tenemos para que formen criterios de autocuidado es construir límites claros desde la confianza, la seguridad y la ternura”, afirma.
Los choques generacionales son parte de la historia de la humanidad pero en este clima social de lo "políticamente correcto", ¿hay en algunos un cuidado exagerado para no ser tildados de retrógrados y asumirse como emblemas de la "crianza en deconstrucción"? “Está de moda la igualación entre padres e hijos pero eso no es cumplir con el rol. Mi experiencia con adolescentes marca que ellos piden 'a gritos' que se los contenga, aunque no sean conscientes de eso”, dice Sánchez Bodas. Para Pedersen, los adultos están desorientados porque el salto fue muy intenso en poco tiempo: de niños como objeto de cuidado a niños como sujetos de derechos. “Hay que flexibilizar las ideas hasta donde uno sienta que puede negociar y que el hijo o hija está en condiciones de aceptar la responsabilidad de sus actos, porque el crecimiento y la libertad van acompañados de cierta responsabilidad”, opina la psicóloga Analía Mitar, directora de Family Hold.















