"Huimos de Bashar Al Assad, esto tiene que ser más fácil", aseguró Aehm Hassin tras cruzar la frontera de Serbia con Hungría, lugar en el que miles de refugiados se debaten entre confiar en las autoridades húngaras o intentar escapar rumbo a Austria, una opción muy complicada debido a la "caza" policial que se está produciendo en la zona.
Llegan caminando unos detrás de otros, como en una fila de hormigas, sobre las antiguas vías de un tren que une territorio serbio y húngaro. Hacen preguntas, no saben muy bien dónde están, qué está pasando.
Voluntarios de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), y otras ONGs, les explican que están en un campamento informal, espontáneo, que surgió ante la gran afluencia de refugiados, y que no deben tener miedo, que pueden tomar agua y comer.
Los refugiados se acumulan, rodeados de basura y en condiciones insalubres, entre las carpas levantadas para los que pasaron la noche en este descampado.
Los voluntarios invitan a los refugiados a hacer la cola que se está formando para esperar los colectivos que los llevarán a los "centro de registro".
Les dicen que allí sólo les tomarán las huellas dactilares, que no están obligados a quedarse, que los dejarán salir.
Pero Aehm, como muchos otros refugiados que acaban de llegar, se resiste a entrar en los campamento sin tener garantías de que no lo obligarán a registrarse, porque de hacerlo peligrarían sus posibilidades de solicitar asilo en otro país.
Viaja con una familia amiga y su sobrino, un niño cuyo padre fue "asesinado por Assad", remarcó.
"Tenemos miedo, no queremos quedarnos en Hungría. Nos salvamos de morir en un barco cruzando de Turquía a Grecia, que se hundió. El padre de estos niños murió en un bombardeo en Siria. Buscamos seguridad, y un país en el que poder trabajar", dijo Aehm.
Su amigo Majd, de 23 años, explicó que desertó del Ejército sirio y que si le llegan a denegar el asilo -como se sospecha que hará el gobierno húngaro con muchos de los refugiados- se enfrenta a la posibilidad de que directamente lo maten.
"Me fui porque no quería matar a mis hermanos y si vuelvo me matarán a mi", afirmó.
"No queremos ir al campamento, pero ¿qué opciones tenemos?", preguntó Majd.
Y las opciones son dos: o suben a los colectivos o, como hacen otros refugiados, se escabullen entre las plantaciones de girasoles del lugar e intentan llegar a la ruta más cercana para allí tomar un taxi clandestino.
El problema es que la zona está rodeada por policías y, si los ven, los devolverán otra vez al punto de salida de los micros o directamente los llevarán a los campamentos de detención.
Además, en los últimos días la policía húngara intensificó los controles y realiza redadas para "cazar" a los refugiados que lograron llegar caminando o en taxis hasta la ciudad de Szeged, a unos 12 kilómetros de la frontera.
En los últimos días también hubo redadas en la estación de trenes de la ciudad.
"No Camp" (Campamento No), repiten sin cesar hombres, mujeres y niños, tan pronto atraviesan el único hueco que queda abierto de la alambrada de púas que separa Serbia y Hungría.
Desde hace días el gobierno húngaro utiliza reclusos para terminar de cerrar esa puerta de esperanza por la que diariamente pasan más de 3.000 refugiados que escaparon de la guerra, el hambre, la miseria y la persecución en países como Siria, Afganistán, Irak, Somalia o Eritrea.
Ayer colocaron los últimos postes en los 20 metros que quedan sin sellar.
En tanto, la frontera amaneció tomada por soldados húngaros, quienes por ahora sólo vigilan el paso de los refugiados sin hacer ningún tipo de intervención.
Sin embargo, el primer ministro húngaro, el conservador Viktor Orban, anunció que en pocos días, el 15 de septiembre, todo será distinto: la frontera se cerrará y los que pasen serán detenidos.
















