08-01-17 |

Nadie es profeta en su tierra

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benjamin-urdemalesPor Benjamín Urdemales ||  Nadie es profeta en su tierra.  Así dice la sentencia que pronunció Jesús de Nazareth en una sinagoga de Jerusalem al lamentar que sus compatriotas despreciaban y rechazaban las valiosas enseñanzas y el mensaje de paz que traía a un pueblo deseoso de independizarse del poder imperial de Roma.

Como un vaticinio profético, la sentencia bíblica terminó convirtiéndose en un dicho popular que tuvo no pocas dolorosas confirmaciones para muchos hombres y mujeres que encontraron el éxito, la aceptación y el triunfo lejos de los suyos y de la tierra que los vio nacer.

Pero no es el caso de Milagro Sala quien, al igual que Jesús de Nazareth pero muy lejos de él en todo sentido, supo ser seguida y secundada por una multitud de humildes, que vieron en ella la encarnación de todas sus aspiraciones y a la voz de las esperadas reparaciones históricas.

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Pero a diferencia de Jesús, que fue incompresiblemente rechazado por un pueblo que esperaba a otro tipo de líder que los sacara del yugo romano, Milagro Sala, la supuesta campeona de las reivindicaciones de los originarios y los humildes, fue quien con sus propias e incomprensibles acciones y actitudes poco felices terminó traicionando a su gente, y terminó siendo la artífice del rechazo generalizado de aquellos a quienes decía defender y representar.

Eso es lo que pudo verse en las últimas apariciones de la ex líder tupaquera cuando tuvo que comparecer ante los tribunales federales  contravencionales para dar cuenta de sus actos a la Justicia.

Quien tan solo hace dos años parecía todopoderosa, y hasta temida, por la cantidad de personas que podía movilizar con un solo chasquido de sus dedos, no tuvo el apoyo masivo con el que otrora intimidaba a la población, extorsionaba a las autoridades y seducía a los populistas.

Y no es que la hayan abandonado por desagradecidos, sino que ella misma fue la causante de un rechazo que comenzó a insinuarse en las urnas -de más de 100 mil afiliados en la Tupac apenas la votó la mitad-.  Fue ella quien los alejó.

Durante los días previos al juicio pudo conocerse el testimonio desgarrador de personas que en su momento habían confiado en ella, porque ella era la única garantía de obtener derechos ante un gobierno provincial ausente que los ignoraba.  Pero esa garantía no fue gratuita, sino que a cambio ella exigió, no solo una lealtad ciega hasta el punto de la irracionalidad, sino que también los institucionalizó en un Estado Paralelo en el que estaban obligados a prestar una contraprestación por los derechos que les extendía el gobierno nacional, y un ignominioso vasallaje.

Para ser beneficiarios de planes sociales y/o de viviendas, los afiliados a la Tupac Amaru debían no solo asistir a cuanta marcha y movilización política se le ocurriera a la señora Sala y compañía, sino que también debían presenciar “capacitaciones sociales” que consistían en soporíferas conferencias de lavado cerebral en que se instruía a estos virtuales rehenes en cuestiones políticas e ideológicas.  Había que prestar servicios a la organización en situación de cuasiservidumbre, y hasta resignar un porcentaje de los magros sueldos que se pagaban o de los flacos planes sociales que se otorgaban con el único e indebido intermedio de la Tupac Amaru.

Con esto, con la complicidad de tanto el gobierno nacional como del provincial, y con la vista gorda de jueces de un Poder Judicial que parecían títeres del poder de turno, es que Milagro Sala pudo construir ese tan mentado Estado Paralelo.

Para mantener esta estructura había que asegurarse de que se apliquen las reglas entre los súbditos.  Para ello había “kapos” -como en los campos de concentración nazi- encargados de tomar asistencia, controlar el orden, y ejercer la mano dura de la férrea disciplina cuasi militar que les imponía Milagro Sala a cambio del plan social, del trabajo en la cooperativa, o de la vivienda social.

Las inasistencias a las marchas o a las capacitaciones ideologizantes, las tardanzas, las malas contestaciones, y hasta la falta de fervor eran debidamente  registradas  e inventariadas por estos “kapos” quienes daban cuenta de sus observaciones a los de arriba.

Las consecuencias para los infractores del orden de Milagro Sala, iban desde desproporcionados descuentos compulsivos, pasando por la pérdida del plan social,  y hasta la pérdida de la vivienda mediante un humillante desalojo que no incluía beneficio de inventario.

En todos los casos la comunicación de la sentencia se hacía en el “psicólogo”, que consistía en una entrevista personal con Milagro Sala y sus patovicas quienes aplicaban al infractor un severo castigo físico adicional del que gustosamente, dicen los testimonios, también participaba la señora.  Esos mismos patovicas, barrabravas y pandilleros de profesión, eran también los encargados de los desalojos de las viviendas sociales.

Lo hacía con toda impunidad y sin el debido control de quienes tercerizaron la acción social del Estado en su persona y en las organizaciones sociales que supo aglutinar alrededor suyo para constituir ese Estado Paralelo del que solo quienes fueron sus súbditos pueden dar cuenta de la dimensión de lo que significaba estar bajo esa terrible jurisdicción, en total desamparo de las verdaderas y legítimas autoridades que simplemente miraban para otro lado… pues por donde caminaba Milagro Sala había una zona liberada.

A tal punto llegó el poder de Milagro Sala que hoy hay muchas voces autorizadas que dudan si, en realidad, el Estado Paralelo era el de ella o el de Eduardo Fellner, pues cuando la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner visitaba la provincia no iba a la Casa de Gobierno o a la Legislatura, como era de esperarse, sino a la sede tupaquera de la Alvear, o al Cantri de Alto Comedero.

El cambio de gobierno, tanto a nivel nacional como provincial, fue necesario para desarticular esa monstruosidad que crearon la inacción, la vista gorda, la complicidad, la negligencia y  la indolencia de gobernantes que prefirieron delegar el poder a una persona que no estaba ni legitimada ni preparada para ejercerlo.

Ello fue lo que permitió que muchos de esos humildes, que antes marchaban por las calles armados con palos y uniformados con atuendos pardos que hacían recordar inevitablemente a las épocas más tristes y aciagas de la historia del Siglo XX, hoy puedan animarse a denunciar no solo los abusos  y vejámenes a los que fueron sometidos, sino también las fechorías que se cometieron en su nombre, invocando los derechos de los pueblos originarios o las banderas de Eva Perón como insólito justificativo.

Hoy toda esa gente que ya no la acompaña ya no lo hace porque se dieron cuenta de la utilización miserable de la que fueron objeto.  Por eso, en cada nueva audiencia judicial se ve, y se verá, cada vez menos y menos gente.

Entre quienes la apoyan son más numerosos aquellos de fuera, esos porteños kirchneristas recalcitrantes e irredentos y esos otros izquierdozos de la izquierda más cavernaria, que vienen a sacarse una foto política más que a apoyar a Milagro Sala, esos que vienen a ejercer violencia con la chapa de ministros de Derechos Humanos, o a calumniar trabajadores servidores de la ley con pataletas inverosímiles amparados en sus fueros parlamentarios, que los pocos jujeños que hoy tienen que recurrir a parlantes y altavoces para hacer un poco de bulla.

Y es que los súbditos y rehenes dejaron de serlo y se dieron cuenta que nada tienen que hacer allí, porque hoy tienen los planes sociales como derechos garantizados sin que nadie les exija algo a cambio, y porque muchos hoy pueden quedarse en sus casas -así dicen las escrituras final y debidamente entregadas- sin temor a que nadie esté tomando una lista de asistencia.

Hoy Milagro Sala es el mascarón de proa de un modelo de país derrotado en las urnas y el símbolo de los nostálgicos de la década saqueada… pero solo lo es fuera de Jujuy, y para gente que no nació ni vivió en Jujuy durante esa fatídica década.



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